El detalle
En 858 el patriarca Ignacio de Constantinopla fue apartado en medio de intrigas de la corte, y Focio, un erudito laico y funcionario imperial, fue ordenado e instalado en pocos días. Los partidarios de Ignacio apelaron a Roma. El papa Nicolás I, después de que sus legados aceptaran a Focio en un sínodo celebrado en Constantinopla (861), los desautorizó, y un sínodo romano de 863 declaró depuesto a Focio y a Ignacio patriarca legítimo. No se discutía solo un nombramiento, sino si el papa podía juzgar los asuntos internos de la sede de Constantinopla.
El conflicto se amplió por Bulgaria. El kan Boris I fue bautizado por clérigos bizantinos (hacia 864), pero luego se volvió hacia Roma y llegaron misioneros latinos. En 867 Focio envió una encíclica a los patriarcas orientales en la que atacaba las prácticas latinas en Bulgaria y, sobre todo, el añadido del Filioque («y del Hijo») al Credo, que trató como un error doctrinal y no solo como una inserción irregular. Ese mismo año un sínodo en Constantinopla declaró depuesto a Nicolás. Más tarde Focio desarrolló su defensa de la procesión del Espíritu «solo del Padre» en la Mistagogía del Espíritu Santo.
La política invirtió luego la situación. En 867 Basilio I tomó el trono, apartó a Focio y restituyó a Ignacio. Un concilio reunido en Constantinopla en 869–870, con legados papales, condenó a Focio. Ignacio murió en 877, Focio volvió a ser patriarca y, con el acuerdo del papa Juan VIII, un gran concilio en Constantinopla (879–880) lo reconoció, anuló las actas de 869–870 y reafirmó el Credo sin añadidos. Bulgaria quedó finalmente en la órbita eclesiástica bizantina.
Hoy los historiadores suelen ver el episodio como una reconciliación más que como una ruptura duradera. Las influyentes investigaciones de Francis Dvornik (1948) sostuvieron que no hubo un «segundo cisma de Focio» y que Focio murió en comunión con Roma. Pero ambos concilios se recuerdan de forma distinta. Desde fines del siglo XI, los canonistas occidentales —en parte porque sus cánones se oponían a la intervención de laicos en la elección de obispos— contaron el concilio de 869–870 como el VIII Concilio Ecuménico, y así lo cuenta todavía la Iglesia católica. Muchos ortodoxos consideran autoritativo el de 879–880 y algunos lo llaman VIII Concilio Ecuménico; Focio es venerado como santo en la Iglesia ortodoxa.
Cómo lo cuenta cada parte: los relatos latinos antiguos presentan a Focio como un usurpador ambicioso que se rebeló contra la autoridad papal legítima e inició el cisma; los relatos ortodoxos lo presentan como defensor del Credo de Nicea y de la igualdad de los patriarcados frente a los excesos de Roma. Los historiadores modernos de ambas partes tienden a subrayar la mezcla de facciones de la corte, la rivalidad por Bulgaria y una diferencia teológica real, así como el hecho de que la plena comunión se restableció en 879–880.