Objeción a la postura católica
«Sobre esta roca edificaré mi iglesia»: la roca es la confesión de Pedro, y las llaves se dieron a todos los apóstoles
La objeción
Cuando Cristo dice «sobre esta piedra edificaré mi iglesia», la piedra es la fe que Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Pedro respondió en nombre de todos, y lo que se le dice a él en singular se dice después a todos en plural: «todo lo que ligareis en la tierra» (Mateo 18:18), «a los que remitiereis los pecados» (Juan 20:23). Las llaves son de toda la Iglesia; y «apacienta mis ovejas» fue para Pedro la restitución de su apostolado después de negar al Señor, no una superioridad sobre los demás.
En sus propias palabras
En cuanto a lo dicho, "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", ciertamente la Iglesia no está edificada sobre la autoridad de un hombre, sino sobre el ministerio de aquella confesión que Pedro había hecho, en la que proclama que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.
Tratado sobre el poder y la primacía del papa, ¶ 251537 En todos esos dichos Pedro representa a toda la asamblea de los apóstoles, como se ve por el texto mismo. Porque Cristo no pregunta solo a Pedro, sino que dice: "¿Quién decís vosotros que soy yo?". Y lo que aquí se dice en singular, "A ti te daré las llaves; todo lo que ates", en otro lugar se dice en plural (Mateo 18:18): "Todo lo que atéis"; y en Juan (20:23): "A quienes perdonéis los pecados". Estas palabras atestiguan que las llaves se entregan por igual a todos los apóstoles, y que todos los apóstoles son enviados por igual.
Tratado sobre el poder y la primacía del papa, ¶ 231537 las llaves no pertenecen a la persona de un hombre determinado, sino a la Iglesia […] Por tanto, [Cristo] da las llaves principal e inmediatamente a la Iglesia
Tratado sobre el poder y la primacía del papa, ¶ 241537 Le manda apacentar, es decir, enseñar la Palabra o regir la Iglesia con la Palabra, lo cual Pedro tiene en común con los demás apóstoles.
Tratado sobre el poder y la primacía del papa, ¶ 301537 si la Iglesia de Cristo no estuviera fundada sobre la roca inamovible de la confesión de san Pedro, "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (que fue la respuesta común de los apóstoles cuando se les preguntó "¿Quién decís vosotros que soy yo?", como nos interpretan el pasaje los Padres, tanto orientales como occidentales), la Iglesia estaría edificada sobre un fundamento resbaladizo, sobre Cefas mismo, por no decir sobre el papa […] nuestros divinos Padres enseñan unánimes que el sentido del mandato tres veces repetido, "Apacienta mis ovejas", no implicaba prerrogativa alguna de san Pedro sobre los demás apóstoles, y menos aún de sus sucesores. Fue una simple restitución a su apostolado, del que había caído por su triple negación.
Encíclica de los patriarcas orientales de 1848, § 11 (la roca)1848 la roca fundamental e inconmovible sobre la que el Señor edificó su propia Iglesia, contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno, se entiende metafóricamente de la verdadera confesión de Pedro acerca del Señor: que "Él es el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Sobre esta confesión y fe descansa inconmovible la predicación salvadora del Evangelio por todos los apóstoles y sus sucesores. Por eso también el apóstol Pablo, que fue arrebatado al cielo, interpretando claramente este pasaje divino, declara por inspiración divina: "Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como sabio arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo"
Encíclica patriarcal y sinodal de 1895, § XIV (la roca)1895
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, Pedro no se separa de su confesión: «Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia» (Catecismo 552). El Vaticano I subraya que Cristo habló así «a Simón solo», al que ya había llamado «Cefas», después de que él confesara: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Pastor aeternus, cap. 1; Juan 1:42; Mateo 16:16–19). La Congregación para la Doctrina de la Fe escribe que en la Iglesia «la imagen de Pedro quedó fijada como la del Apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desempeñar en la Iglesia una función propia y específica. Él es la roca sobre la que Cristo edificará su Iglesia» (El primado del Sucesor de Pedro, n. 3).
El Catecismo enseña también que Jesús, «en virtud de su autoridad divina», «confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo 1441), y que «consta que también el colegio de los Apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 18,18; 28,16-20)» (Catecismo 1444, citando Lumen gentium 22). Lumen gentium añade: «el Señor estableció solamente a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt 16,18-19) y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn 21, 15 ss)» (Lumen gentium 22); Pedro es «el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino» (Catecismo 553).
Sobre «Apacienta mis ovejas» (Juan 21:16–17), Juan Pablo II escribe que la triple profesión de amor de Pedro «se corresponde con su triple traición», y que «es precisamente como si, desde la debilidad humana de Pedro, se manifestara de un modo pleno que su ministerio particular en la Iglesia procede totalmente de la gracia» (Ut unum sint 91). Para el Vaticano I, es allí donde Jesús resucitado confirió «solo a Simón Pedro» la jurisdicción de pastor supremo sobre todo su rebaño (Pastor aeternus, cap. 1; Juan 21:15–17).
El Vaticano I rechaza expresamente la lectura de que el primado se dio a la Iglesia y a Pedro solo como ministro de ella: a la doctrina de la Escritura «tal como siempre la entendió la Iglesia católica, se oponen abiertamente las perversas opiniones de quienes […] afirman que ese mismo primado no fue conferido inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino a la Iglesia, y por medio de ella a él como ministro de la misma Iglesia» (Pastor aeternus, cap. 1).
Fuentes citadas
En la respuesta
Catecismo de la Iglesia Católica552–553, 1441, 1444
1992/1997
Congregación para la Doctrina de la FeEl primado del Sucesor de Pedro 3
31 oct 1998
Concilio Vaticano IILumen gentium 22
21 nov 1964
Juan Pablo IIUt unum sint 91
25 may 1995
Concilio Vaticano IPastor aeternus, cap. 1
18 jul 1870
En la objeción
Tratado sobre el poder y la primacía del papa¶ 25
1537
Tratado sobre el poder y la primacía del papa¶ 23
1537
Tratado sobre el poder y la primacía del papa¶ 24
1537
Tratado sobre el poder y la primacía del papa¶ 30
1537
Encíclica de los patriarcas orientales de 1848§ 11 (la roca)
may 1848
Encíclica patriarcal y sinodal de 1895§ XIV (la roca)
1895
Pasajes
En la respuesta
Y le trajo á Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás: tú serás llamado Cephas (que quiere decir, Piedra).
Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y á ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
De cierto os digo [que] todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo.
Mas los once discípulos se fueron á Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y como le vieron, le adoraron: mas algunos dudaban. Y llegando Jesús, les habló, diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Entonces les dijo Jesús otra vez: Paz á vosotros; como me envió el Padre, así también yo os envío. Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: á quienes los retuviereis, serán retenidos.
Y cuando hubieron comido, Jesús dijo á Simón Pedro: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas más que éstos? Dícele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis corderos. Vuélvele á decir la segunda vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Respóndele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis ovejas. Dícele la tercera vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Entristecióse Pedro de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y dícele: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo. Dícele Jesús: Apacienta mis ovejas.
En la objeción
El les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y á ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
De cierto os digo [que] todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.
Entonces les dijo Jesús otra vez: Paz á vosotros; como me envió el Padre, así también yo os envío. Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: á quienes los retuviereis, serán retenidos.
Y cuando hubieron comido, Jesús dijo á Simón Pedro: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas más que éstos? Dícele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis corderos. Vuélvele á decir la segunda vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Respóndele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis ovejas. Dícele la tercera vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Entristecióse Pedro de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y dícele: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo. Dícele Jesús: Apacienta mis ovejas.
Conforme á la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima: empero cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios; Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo;
Otras objeciones
Cristo es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia»: ningún hombre puede serlo
La Escritura dice de Cristo: «él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Colosenses 1:18); para la Confesión de Westminster no hay otra cabeza de la Iglesia, y entre sus textos de prueba está el mandato «vuestro padre no llaméis á nadie en la tierra… Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo» (Mateo 23:9–10). Los ortodoxos añaden que un hombre mortal no puede ser cabeza universal y perpetua de la Iglesia: Cristo mismo la gobierna (Dositeo, decreto X). Los luteranos sostienen que el obispo de Roma es solo obispo y pastor de la iglesia de Roma, y que los demás obispos son sus hermanos, no sus súbditos (Artículos de Esmalcalda II.4).
El primado de Roma es de honor y de derecho humano, no una jurisdicción de derecho divino
Cristo prohibió el señorío entre los apóstoles («Los reyes de las gentes se enseñorean de ellas… Mas vosotros, no así») (Lucas 22:25–26) y los envió a todos por igual (Juan 20:21). Para los luteranos, Pablo no fue ordenado ni confirmado por Pedro (Gálatas 2), y la autoridad del obispo de Roma creció «por derecho humano», por disposición de los concilios (Tratado 12); Melanchthon, al firmar los Artículos de Esmalcalda, admitió concederle por derecho humano una superioridad sobre los obispos si admitiera el Evangelio. Para los ortodoxos, los Padres dieron al obispo de Roma una presidencia de honor por ser obispo de la capital del imperio, «primero entre iguales», como después a Constantinopla (canon 28 de Calcedonia); cada Iglesia se gobernaba con sus propios sínodos, y durante nueve siglos Oriente no reconoció a Roma una jurisdicción sobre toda la Iglesia (Encíclica de 1895, XV–XVII).
La sede de Roma no es la de Pedro por la Escritura
Que la sede de Roma sea la de Pedro se apoya en una tradición, no en la Escritura, que habla más bien de Antioquía. La Iglesia de Roma fue fundada sobre todo por Pablo, por medio de sus discípulos; la acción apostólica de Pedro en Roma no consta en la historia. En la Escritura, Pedro discute como igual entre iguales en el concilio de Jerusalén y es reprendido por Pablo.
El concilio ecuménico, no el papa, es el tribunal supremo de la Iglesia
Para los ortodoxos, en la Iglesia antigua las cuestiones que tocaban a toda la Iglesia se llevaban a un concilio ecuménico, «el único tribunal supremo en la Iglesia universal», y el obispo de Roma estaba sujeto a sus decretos como los demás (Encíclica de 1895, XVI). Lo apoyan en Calcedonia, que no aceptó la carta del papa León porque fuera del papa, sino después de examinarla y comprobar que concordaba con los concilios anteriores (Encíclica de 1848, 15). Los luteranos añaden que un papa que no acepta ser juzgado por la Iglesia ni por un concilio quita a la Iglesia el juicio que le pertenece (Tratado 49, 56).
Ningún hombre en la tierra es infalible; solo la Escritura juzga las controversias
Para los ortodoxos, fuera de Cristo nadie en la tierra ha sido infalible: el mismo Pedro negó tres veces al Señor y fue reprendido por Pablo, y papas como Honorio fueron condenados como herejes por un concilio ecuménico; la infalibilidad del papa, proclamada en 1870, es una novedad que los primeros nueve siglos no conocieron (Encíclica de 1895, XIV, XVIII–XIX), y el guardián de la fe es el cuerpo entero de la Iglesia, el pueblo mismo (Encíclica de 1848, 17). Los reformados sostienen además que el juez supremo de toda controversia es solo el Espíritu Santo que habla en la Escritura. Para los luteranos, la única regla para juzgar toda doctrina son los escritos de los profetas y de los apóstoles.
Para los luteranos, el papa pretende ser cabeza de la Iglesia por derecho divino y enseña que nadie puede salvarse sin someterse a él, aunque crea en Cristo (Artículos de Esmalcalda II.4; Tratado 36). Se arroga cambiar la doctrina y el culto que Dios instituyó y no acepta ser juzgado por nadie (Tratado 39–40). Eso es lo que Pablo describe del «hombre de pecado», «oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios», «tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios» (2 Tesalonicenses 2:3–4); por eso, aun si tuviera el primado por derecho divino, no se le debería obediencia (Tratado 38, 57). La Confesión de Westminster, en su texto de 1647, llama al papa «aquel anti-cristo, aquel inícuo, é hijo de perdicion» (XXV.6).
«Mi reino no es de este mundo»: Cristo no dio a los apóstoles la espada ni el poder de dar reinos
Cristo dio a los apóstoles solo una potestad espiritual: enseñar el Evangelio, anunciar el perdón de los pecados, administrar los sacramentos y excluir a los impíos sin fuerza física. «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18:36). Pretender que el papa tiene por derecho divino las dos espadas y el poder de dar y quitar reinos, y que creerlo es necesario para la salvación, convierte las llaves en un reino de este mundo.