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Objeción a la postura católica

Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces

La objeción

Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.

En sus propias palabras

  • Creemos, confesamos y enseñamos que la única regla y norma según la cual deben apreciarse y juzgarse todos los dogmas y todos los doctores no es otra en absoluto que los escritos proféticos y apostólicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, como está escrito (Salmo 119:105): «Lámpara es a mis pies tu palabra y luz para mi camino». Y san Pablo dice (Gálatas 1:8): «Aunque un ángel del cielo predique otro evangelio, sea anatema».
    1577
  • Los demás escritos, en cambio, sean de los Padres o de los modernos, cualquiera sea el nombre que lleven, de ningún modo han de equipararse a las sagradas letras, sino que todos han de someterse a ellas, de modo que no se reciban de otra manera que como testigos que enseñen que también después de los tiempos de los apóstoles, y en qué partes del orbe, se conservó más pura aquella doctrina de los profetas y apóstoles.
    1577

Suelen plantearla luteranos y reformados.

La respuesta católica

Para la Iglesia católica, la Escritura es, «juntamente con la Sagrada Tradición», «la regla suprema de su fe»: el Concilio Vaticano II dice que la Iglesia «siempre las ha considerado y considera» así, y que «toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella» (). Juan Pablo II propone como tema que el diálogo debe estudiar más a fondo «las relaciones entre la sagrada Escritura, suprema autoridad en materia de fe, y la sagrada Tradición, interpretación indispensable de la palabra de Dios» ().

Para la Iglesia católica, la Tradición y la Escritura no son dos normas que compiten: «surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin» (). El Catecismo dice que la Tradición de la que habla «es la que viene de los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo» (). El Concilio dice de los Padres: «Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición» ().

Dei Verbum 9 dice también: «de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad» ().

Para la Iglesia católica, la misma Escritura se reconoce como tal por la Tradición: «Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa» (). El Catecismo dice que «el depósito» de la fe, «contenido en la sagrada Tradición y en la sagrada Escritura fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia» ().

El Concilio enseña también sobre quién interpreta auténticamente la palabra de Dios: «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia», y «este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado» (). El Catecismo resume la relación entre los tres: «La santa Tradición, la sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros» ().

Trento, sesión IV: el sínodo «recibe, y venera con igual afecto de piedad y reverencia, todos los libros del viejo y nuevo Testamento, pues Dios es el unico autor de ambos, así como las mencionadas tradiciones pertenecientes á la fe y á las costumbres», y concluye: «Si alguno pues no reconociere por sagrados, y canónicos estos libros, enteros, con todas sus partes […]; y despreciáre á sabiendas y con ánimo deliberado las mencionadas tradiciones; sea excomulgado» ().

Fuentes citadas

En la respuesta

  • ses. IV, decreto sobre las Escrituras canónicas

  • Dei Verbum 8, 9, 10, 21

    18 nov 1965

  • Ut unum sint 79

    25 may 1995

  • 83, 84, 95

    1992/1997

En la objeción

  • ¶ 1 (Regla y norma)

    1577

  • ¶ 2 (Regla y norma)

    1577

  • ¶ 7 (Regla y norma)

    1577

  • ¶ 8 (Regla y norma)

    1577

  • II, .ii.15

    1537

  • q. 3

    1647

  • q. 2

    1647

Pasajes

En la objeción

  • NUN. Lámpara es á mis pies tu palabra, y lumbrera á mi camino.

  • Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema.

  • Toda Escritura [es] inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia,

  • Tenemos también la palabra profética más permanente, á la cual hacéis bien de estar atentos como á una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones: Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación; Porque la profecía no fué en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo.

Salmo 119:105 y Gálatas 1:8: Fórmula de Concordia. De 2 Timoteo 3:16 a 2 Timoteo 3:15-16: Catecismo Mayor de Westminster 3. 2 Timoteo 3:16, Efesios 2:20 y 1 Juan 1:3-4: Catecismo Menor 2. Las repeticiones entre textos se muestran una vez. Judas 3 y 2 Pedro 1:20-21 (Asambleas de Dios, 2015) salieron con su texto el 2026-10-21.

Otras objeciones

  • La Escritura basta: todo lo necesario para la fe y la salvación está escrito, y nada se le ha de añadir por tradiciones de hombres

    Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.

  • «En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres»: las tradiciones humanas no obligan la conciencia

    Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» ().

  • La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna Iglesia

    La Escritura tiene autoridad porque es palabra de Dios, no porque la Iglesia la apruebe. El testimonio de la Iglesia puede movernos a estimarla, pero la certeza de que es palabra de Dios viene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra en nuestros corazones. Si la autoridad de la Escritura dependiera de la Iglesia, la Iglesia estaría por encima de la Palabra.

  • La Escritura se interpreta a sí misma; su juez supremo es el Espíritu que habla en ella, y los concilios y los obispos pueden errar

    La regla infalible para interpretar la Escritura es la Escritura misma, y el juez supremo de toda controversia es el Espíritu Santo que habla en ella. Los sínodos y concilios deciden «ministerialmente» las controversias, y sus decretos, «cuando concuerden con la palabra de Dios, deben recibirse con reverencia y sumision»; y las iglesias deben obedecer a los obispos que enseñan conforme al Evangelio. Pero todos los concilios pueden errar y muchos han errado; por eso no son la regla de la fe sino una ayuda, los fieles examinan lo que se enseña, como los de Berea, que recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (), y no se obedece a los obispos si enseñan contra el Evangelio.

  • Los libros llamados apócrifos no son Escritura

    Los libros llamados apócrifos no son de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no tienen autoridad en la Iglesia de Dios: se usan como cualquier otro escrito humano. La Confesión imprime como textos de prueba Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2 y 2 Pedro 1:21.

  • El texto auténtico es el hebreo y el griego, y la Escritura debe traducirse a la lengua de cada pueblo

    Lo que Dios inspiró directamente fue el Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo en griego; por eso solo esos textos son «auténticos», y a ellos se debe apelar en toda controversia, no a una traducción. Y como todo el pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y el mandato de leerlas, deben traducirse a la lengua de cada nación.