Objeción a la postura católica
«Lo que queda en el bautizado es verdadero pecado»
La objeción
El bautismo quita la culpa del pecado original, pero la concupiscencia que queda en el bautizado es verdadero pecado, aunque Dios lo perdone y no lo impute: Pablo la llama «pecado» (Romanos 7:7, 17, 20, 23). Por eso la corrupción de la naturaleza permanece aun en los regenerados, y ella y todos sus movimientos son, dicen los reformados, «verdadera y propiamente pecado».
En sus propias palabras
El bautismo quita la culpa del pecado original, aunque permanece lo que llaman la materia del pecado, es decir, la concupiscencia. […] Pero ellos sostienen que la concupiscencia es una pena y no un pecado […] Lutero sostiene que es pecado.
Apología de la Confesión de Augsburgo, II, nn. 35, 38–39 (I)1531 Esta corrupcion de la naturaleza existe durante esta vida, aun en aquellos que sean regenerados; y aunque sea perdonada y amortiguada por médio de la fé en Cristo, sin embargo, ella, y todos los efectos de ella, son verdadera y propiamente pecado.
Confesión de Westminster VI.51647
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, por la gracia que se confiere en el bautismo se perdona el pecado original y «se quita todo lo que es propia y verdaderamente pecado», porque «Dios por cierto nada aborrece en los que han renacido» (Trento, ses. V, can. 5; Romanos 8:1). El Catecismo lo dice así: «en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios» (Catecismo 1263).
Para la Iglesia católica, en el bautizado queda la concupiscencia, «dejada para el combate», que «no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo» (Catecismo 1264, citando a Trento), y que permanece «a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana» (Catecismo 1426). El Catecismo lo dice también así: «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo 405). Trento explica por qué Pablo la llama pecado: no «porque sea verdadera y propiamente pecado en los renacidos por el Bautismo; sino porque dimana del pecado, é inclina à él» (ses. V, can. 5).
El canon de Trento dice: «Si alguno niega que se perdona el reato del pecado original por la gracia de nuestro señor Jesu-Cristo que se confiere en el Bautismo; ó afirma que no se quita todo lo que es propia y verdaderamente pecado; sino dice, que este solamente se rae, ó dexa de imputarse; sea excomulgado» (ses. V, can. 5).
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentosesión V, can. 5
17 jun 1546
Catecismo de la Iglesia Católica405, 1263, 1264, 1426
1992/1997
En la objeción
Apología de la Confesión de AugsburgoII, nn. 35, 38–39 (I)
1531
Confesión de WestminsterVI.5
1647
Pasajes
En la respuesta
AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu.
Y aun también el que lidia, no es coronado si no lidiare legítimamente.
En la objeción
¿Qué pues diremos? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Empero yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás.
Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido á sujeción del pecado.
De manera que ya no obro aquello, sino el pecado que mora en mí.
Y yo sé que en mí (es á saber, en mi carne) no mora el bien: porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo.
Y si hago lo que no quiero, ya no lo obro yo, sino el pecado que mora en mí.
Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo á la ley del pecado que está en mis miembros.
Otras objeciones
El bautismo es «signo y sello» del pacto de gracia, de la incorporación a Cristo, de la regeneración y del perdón de los pecados (Confesión de Westminster XXVIII.1). Despreciarlo o descuidarlo es un grave pecado, pero la gracia y la salvación no están tan unidas a él que nadie pueda ser regenerado o salvado sin bautismo, ni todos los bautizados quedan por eso regenerados: Simón el mago fue bautizado y seguía «en hiel de amargura» (Hechos 8:13, 23). La eficacia del bautismo no está atada al momento en que se administra; el Espíritu da la gracia prometida a quienes pertenece, según el consejo de Dios y en el tiempo que él dispone.
«Los sacramentos no dan la gracia por el solo rito realizado: sin la fe no aprovechan»
Los sacramentos son signos y testimonios de la voluntad de Dios hacia nosotros, dados para despertar y confirmar la fe de quienes los usan: aprovechan cuando la fe cree la promesa que en ellos se ofrece. Enseñar que confieren la gracia «ex opere operato», por el solo hecho de realizarse, a quien no pone obstáculo, aunque no haya en él un buen movimiento del corazón, es creer que el hombre se justifica por una ceremonia, sin fe; Abraham no fue justificado por la circuncisión, que le fue dada como señal (Romanos 4:9–11). Los reformados añaden que la gracia no la confiere ningún poder que esté en los sacramentos, sino solo la obra del Espíritu.
El bautismo no es algo pasado que se pierde al pecar: su poder y su significado abarcan toda la vida, y el arrepentimiento no es otra cosa que volver al bautismo y practicar de nuevo lo que en él se empezó. Por eso no es correcto llamar a la penitencia «segunda tabla» para nadar después del naufragio, como si el bautismo ya no sirviera: el barco no se rompe, porque es obra de Dios; somos nosotros los que caemos de él, y quien cae debe volver a él.
«Solo un ministro de la Palabra legítimamente ordenado puede bautizar»
Ni el bautismo ni la Cena del Señor pueden ser administrados sino por un ministro de la Palabra legítimamente ordenado, porque Cristo dio el mandato de bautizar a quienes envió a enseñar (Mateo 28:19) y nadie toma para sí este honor si no es llamado por Dios (Hebreos 5:4). Y la eficacia del sacramento no depende de la piedad ni de la intención de quien lo administra, sino de la obra del Espíritu y de la palabra de la institución.
«Rociar o derramar agua no es el bautismo apostólico: el bautismo es por tres inmersiones»
La Iglesia de los siete concilios ecuménicos bautizaba con tres inmersiones en el agua, y así se practicó también en Occidente durante siglos, como muestran las antiguas pilas bautismales; la aspersión o la infusión, introducidas «a escondidas», son una innovación de la Iglesia papal. Lo esencial del bautismo es la triple inmersión con la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, figura de la sepultura y la resurrección de tres días.
«Solo es bautismo el de la Iglesia ortodoxa: el de los herejes no santifica ni perdona los pecados»
Hay una sola Iglesia, santa, católica y apostólica, y solo sus misterios, y por tanto su bautismo, se aceptan. Los ritos no administrados como el Espíritu Santo mandó a los Apóstoles son ajenos a la tradición apostólica: los bautismos de los herejes son «aguas inútiles», que no santifican ni lavan los pecados. Por eso a quienes vienen de ellos se los recibe como no bautizados y se los bautiza.