Objeción a la postura católica
El texto auténtico es el hebreo y el griego, y la Escritura debe traducirse a la lengua de cada pueblo
La objeción
Lo que Dios inspiró directamente fue el Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo en griego; por eso solo esos textos son «auténticos», y a ellos se debe apelar en toda controversia, no a una traducción. Y como todo el pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y el mandato de leerlas, deben traducirse a la lengua de cada nación.
En sus propias palabras
El antiguo Testamento es auténtico en el Hebreo, que era el idioma natal del pueblo de Dios antiguamente; y el nuevo Testamento, lo es en el Griego, que en el tiempo cuando fué escrito, era la lengua mas conocida entre las naciones: porque en aquellas lenguas son inspirados directamente por Dios, y guardados puros en todos los siglos por su cuidado y providencia singulares. De manera que la iglesia tiene que apelar finalmente á los originales en esos idiomas en toda controversia. Pero puesto que estos idiomas originales no se conocen por todo el pueblo de Dios, (quien tiene el derecho de poseer las Escrituras y gran interes en ellas, las cuales segun el mandamiento, debe leer y escudriñar en el temor de Dios;) se sigue que la Biblia debe traducirse en la lengua vulgar de todas las naciones á que pueda venir; para que morando abundantemente la palabra de Dios en todos, puedan adorarle de una manera aceptable, y por la paciencia y consuelo de las Escrituras tengan esperanza.
Confesión de Westminster I.81647
La respuesta católica
Pío XII explicó el alcance del decreto de Trento sobre la Vulgata: «solamente se refiere a la Iglesia latina y al uso público de la misma Escritura, y no disminuye, sin género de duda, en modo alguno, la autoridad y valor de los textos originales», y esa autenticidad «no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica» (Divino afflante Spiritu). Da también la razón del decreto: el largo uso de la Vulgata en las iglesias demuestra «que la misma está en absoluto inmune de todo error en materia de fe y costumbres», y su autoridad «de ninguna manera prohíbe —antes por el contrario, hoy más bien exige— que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los textos primitivos». El mismo documento dice que el decreto de Trento no prohíbe «que, para uso y provecho de los fieles de Cristo […] se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales».
El Concilio Vaticano II dice que «es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso ala [sic] Sagrada Escritura» y que la Iglesia procura «que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros», incluso «con la colaboración de los hermanos separados» (Dei Verbum 22); y exhorta «a todos los cristianos» a la «lectura frecuente de las divinas Escrituras» (Dei Verbum 25). El Código de Derecho Canónico pide que las traducciones a la lengua vernácula estén aprobadas y «vayan acompañadas de las notas aclaratorias necesarias y suficientes» (can. 825 § 1).
Considerando ademas de esto el mismo sacrosanto Concilio, que se podrá seguir mucha utilidad á la Iglesia de Dios, si se declara qué edicion de la sagrada Escritura se ha de tener por autentica entre todas las ediciones latinas que corren; establece y declara, que se tenga por tal en las lecciones públicas, disputas, sermones y exposiciones, esta misma antigua edicion Vulgata, aprobada en la Iglesia por el largo uso de tantos siglos; y que ninguno, por ningun pretexto, se atreva ó presuma despreciarla.
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentoses. IV, decreto sobre la edición y el uso de los libros sagrados
Pío XIIDivino afflante Spiritu
30 sep 1943
Concilio Vaticano IIDei Verbum 22, 25
18 nov 1965
Código de Derecho Canónicocan. 825
1983
En la objeción
Confesión de WestminsterI.8
1647
Pasajes
En la objeción
Porque de cierto os digo, [que] hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas.
¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme á esto, es porque no les ha amanecido.
Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
Escudriñad las Escrituras, porque á vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.
Porque si vosotros creyeseis á Moisés, creeríais á mí; porque de mí escribió él.
Ahora pues, hermanos, si yo fuere á vosotros hablando lenguas, ¿qué os aprovecharé, si no os hablare, ó con revelación, ó con ciencia, ó con profecía, ó con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que hacen sonidos, como la flauta ó la vihuela, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se tañe con la flauta, ó con la vihuela? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se apercibirá á la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien significante, ¿cómo se entenderá lo que se dice? porque hablaréis al aire. Tantos géneros de voces, por ejemplo, hay en el mundo, y nada hay mudo; Mas si yo ignorare el valor de la voz, seré bárbaro al que habla, y el que habla será bárbaro para mí. Así también vosotros; pues que anheláis espirituales [dones], procurad ser excelentes para la edificación de la iglesia. Por lo cual, el que habla lengua [extraña], pida que [la] interprete. Porque si yo orare en lengua [desconocida], mi espíritu ora; mas mi entendimiento es sin fruto. ¿Qué pues? Oraré con el espíritu, mas oraré también con entendimiento; cantaré con el espíritu, mas cantaré también con entendimiento. Porque si bendijeres con el espíritu, el que ocupa lugar de un mero particular, ¿cómo dirá amén á tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho. Porque tú, á la verdad, bien haces gracias; mas el otro no es edificado. Doy gracias á Dios que hablo lenguas más que todos vosotros: Pero en la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también á los otros, que diez mil palabras en lengua [desconocida]. Hermanos, no seáis niños en el sentido, sino sed niños en la malicia: empero perfectos en el sentido. En la ley está escrito: En otras lenguas y en otros labios hablaré á este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor. Así que, las lenguas por señal son, no á los fieles, sino á los infieles: mas la profecía, no á los infieles, sino á los fieles. De manera que, si toda la iglesia se juntare en uno, y todos hablan lenguas, y entran indoctos ó infieles, ¿no dirán que estáis locos? Mas si todos profetizan, y entra algún infiel ó indocto, de todos es convencido, de todos es juzgado; Lo oculto de su corazón se hace manifiesto: y así, postrándose sobre el rostro, adorará á Dios, declarando que verdaderamente Dios está en vosotros. ¿Qué hay pues, hermanos? Cuando os juntáis, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación: hágase todo para edificación. Si hablare alguno en lengua [extraña], [sea esto] por dos, ó á lo más tres, y por turno; mas uno interprete. Y si no hubiere intérprete, calle en la iglesia, y hable á sí mismo y á Dios.
La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos á los otros con salmos é himnos y canciones espirituales, con gracia cantando en vuestros corazones al Señor.
Porque las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.
Otras objeciones
Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces
Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.
Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (2 Timoteo 3:17). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.
Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (Mateo 15:9). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» (Westminster 20.2).
La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna Iglesia
La Escritura tiene autoridad porque es palabra de Dios, no porque la Iglesia la apruebe. El testimonio de la Iglesia puede movernos a estimarla, pero la certeza de que es palabra de Dios viene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra en nuestros corazones. Si la autoridad de la Escritura dependiera de la Iglesia, la Iglesia estaría por encima de la Palabra.
La regla infalible para interpretar la Escritura es la Escritura misma, y el juez supremo de toda controversia es el Espíritu Santo que habla en ella. Los sínodos y concilios deciden «ministerialmente» las controversias, y sus decretos, «cuando concuerden con la palabra de Dios, deben recibirse con reverencia y sumision»; y las iglesias deben obedecer a los obispos que enseñan conforme al Evangelio. Pero todos los concilios pueden errar y muchos han errado; por eso no son la regla de la fe sino una ayuda, los fieles examinan lo que se enseña, como los de Berea, que recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (Hechos 17:11), y no se obedece a los obispos si enseñan contra el Evangelio.
Los libros llamados apócrifos no son Escritura
Los libros llamados apócrifos no son de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no tienen autoridad en la Iglesia de Dios: se usan como cualquier otro escrito humano. La Confesión imprime como textos de prueba Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2 y 2 Pedro 1:21.