Objeción a la postura católica
La Escritura basta: todo lo necesario para la fe y la salvación está escrito, y nada se le ha de añadir por tradiciones de hombres
La objeción
Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (2 Timoteo 3:17). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.
En sus propias palabras
Todo el consejo de Dios, tocante á todas las cosas necesarias para su propia gloria y para la salvacion, fé y vida del hombre; es ó expresamente expuesto en las Escrituras ó se puede deducir de ellas por buena y necesaria consecuencia; y á esta revelacion de su voluntad, nada se puede, ni se debe, añadir nunca, ni por nuevas revelaciones del Espíritu, ni por las tradiciones de los hombres. (1) Sin embargo, confesamos que la iluminacion interna del Espíritu de Dios, es necesaria á fin de que se entiendan de una manera salvadora, las cosas reveladas en la palabra; (2) y que hay algunas circunstancias tocante al culto de Dios y al gobierno de la iglesia, comunes á las acciones y sociedades humanas, que deben arreglarse conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, guardándose siempre las reglas generales de la palabra. (3.)
Confesión de Westminster I.61647 y ademas para mejor conservar y propagar la verdad, y para el mejor consuelo y establecimiento de la iglesia contra la corrupcion de la carne, la malicia de Satanás y del mundo, le plugo ponerlo todo en escrito; por lo cual, las Sagradas Escrituras son muy necesaria[s]; y mas, puesto que han cesado ya los modos anteriores por los cuales Dios reveló su voluntad á su pueblo.
Confesión de Westminster I.11647
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, la revelación pública está completa en Cristo: el Concilio enseña que «no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (Dei Verbum 4).
Para la Iglesia católica, lo recibido de Cristo se transmitió desde el principio por dos caminos. El Catecismo dice: «La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: — oralmente: 'los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó'; — por escrito: 'los mismos Apóstoles y los varones apostólicos pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo'» (Catecismo 76, citando Dei Verbum 7). El Concilio dice que los mismos apóstoles «amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito» (Dei Verbum 8). Y el Catecismo recuerda que «la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva» (Catecismo 83).
El Concilio cita (2 Timoteo 3:16–17) con estas palabras: «toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena» (Dei Verbum 11). Y enseña que «lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree» (Dei Verbum 8). Dei Verbum 9 dice también: «la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas» (Dei Verbum 9).
Para la Iglesia católica, la Tradición apostólica no es una tradición de hombres: «la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo» (Dei Verbum 9). El Catecismo dice que de ella «es preciso distinguir» las «tradiciones» «teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales», y que «sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia» (Catecismo 83).
Trento, sesión IV, enseña que «esta verdad y disciplina están contenidas en los libros escritos, y en las tradiciones no escritas, que recibidas de boca del mismo Cristo por los Apóstoles, ó enseñadas por los mismos Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo, han llegado como de mano en mano hasta nosotros», y concluye: «Si alguno […] despreciáre á sabiendas y con ánimo deliberado las mencionadas tradiciones; sea excomulgado» (Trento, ses. IV, decreto sobre las Escrituras canónicas).
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentoses. IV, decreto sobre las Escrituras canónicas
Concilio Vaticano IIDei Verbum 4, 7, 8, 9, 11
18 nov 1965
Catecismo de la Iglesia Católica76, 83
1992/1997
En la objeción
Confesión de WestminsterI.6
1647
Confesión de WestminsterI.1
1647
Pasajes
En la respuesta
Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, ó por carta nuestra.
Toda Escritura [es] inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra.
En la objeción
Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús. Toda Escritura [es] inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra.
Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora decimos otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema.
Que no os mováis fácilmente de vuestro sentimiento, ni os conturbéis ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como nuestra, como que el día del Señor esté cerca.
DIOS, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo á los padres por los profetas, En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo hizo el universo:
Para que tu confianza sea en Jehová, te [las] he hecho saber hoy á ti también. ¿No te he escrito tres veces en consejos y ciencia, Para hacerte saber la certidumbre de las razones verdaderas, para que puedas responder razones de verdad á los que á ti enviaren?
Me ha parecido también [á mí], después de haber entendido todas las cosas desde el principio con diligencia, escribírtelas por orden, oh muy buen Teófilo, Para que conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado.
Porque las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.
Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios.
Jesús le dijo: Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios.
Entonces Jesús le dice: Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y á él solo servirás.
Y si os dijeren: Preguntad á los pythones y á los adivinos, que susurran hablando, [responded]: ¿No consultará el pueblo á su Dios? ¿[Apelará] por los vivos á los muertos? ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme á esto, es porque no les ha amanecido.
Tenemos también la palabra profética más permanente, á la cual hacéis bien de estar atentos como á una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones:
Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene á mí.
Antes, como está escrito: Cosas que ojo no vió, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, [son] las que ha Dios preparado para aquellos que le aman. Empero Dios nos [lo] reveló á nosotros por el Espíritu: porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado;
Juzgad vosotros mismos: ¿es honesto orar la mujer á Dios no cubierta? La misma naturaleza ¿no os enseña que al hombre sea deshonesto criar cabello?
¿Qué hay pues, hermanos? Cuando os juntáis, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación: hágase todo para edificación.
Empero hágase todo decentemente y con orden.
Otras objeciones
Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces
Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.
Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (Mateo 15:9). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» (Westminster 20.2).
La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna Iglesia
La Escritura tiene autoridad porque es palabra de Dios, no porque la Iglesia la apruebe. El testimonio de la Iglesia puede movernos a estimarla, pero la certeza de que es palabra de Dios viene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra en nuestros corazones. Si la autoridad de la Escritura dependiera de la Iglesia, la Iglesia estaría por encima de la Palabra.
La regla infalible para interpretar la Escritura es la Escritura misma, y el juez supremo de toda controversia es el Espíritu Santo que habla en ella. Los sínodos y concilios deciden «ministerialmente» las controversias, y sus decretos, «cuando concuerden con la palabra de Dios, deben recibirse con reverencia y sumision»; y las iglesias deben obedecer a los obispos que enseñan conforme al Evangelio. Pero todos los concilios pueden errar y muchos han errado; por eso no son la regla de la fe sino una ayuda, los fieles examinan lo que se enseña, como los de Berea, que recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (Hechos 17:11), y no se obedece a los obispos si enseñan contra el Evangelio.
Los libros llamados apócrifos no son Escritura
Los libros llamados apócrifos no son de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no tienen autoridad en la Iglesia de Dios: se usan como cualquier otro escrito humano. La Confesión imprime como textos de prueba Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2 y 2 Pedro 1:21.
Lo que Dios inspiró directamente fue el Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo en griego; por eso solo esos textos son «auténticos», y a ellos se debe apelar en toda controversia, no a una traducción. Y como todo el pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y el mandato de leerlas, deben traducirse a la lengua de cada nación.