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Objeción a la postura católica

El papa se pone por encima de la Palabra de Dios y ata la salvación a su obediencia: es el Anticristo

La objeción

Para los luteranos, el papa pretende ser cabeza de la Iglesia por derecho divino y enseña que nadie puede salvarse sin someterse a él, aunque crea en Cristo (; ). Se arroga cambiar la doctrina y el culto que Dios instituyó y no acepta ser juzgado por nadie (). Eso es lo que Pablo describe del «hombre de pecado», «oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios», «tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios» (); por eso, aun si tuviera el primado por derecho divino, no se le debería obediencia (). La Confesión de Westminster, en su texto de 1647, llama al papa «aquel anti-cristo, aquel inícuo, é hijo de perdicion» ().

En sus propias palabras

  • Ahí están todas sus bulas y libros, en los que ruge como un león […], clamando que ningún cristiano puede salvarse si no le obedece y le está sujeto en todo lo que quiere, dice y hace.
    1537
  • Esta doctrina muestra claramente que el papa es el mismo verdadero anticristo, que se ha alzado y encumbrado por encima y en contra de Cristo, puesto que no quiere que los cristianos se salven sin su potestad, la cual sin embargo no es nada, y no ha sido ordenada ni mandada por Dios. Esto es, propiamente hablando, alzarse por encima y en contra de Dios, como dice Pablo en 2 Tesalonicenses 2:4.
    1537

Suelen plantearla los luteranos, y la Confesión de Westminster en su texto de 1647.

La respuesta católica

Para la Iglesia católica, «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia» (); y el Catecismo añade: «El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido» (). La Congregación para la Doctrina de la Fe dice: «El Romano Pontífice, como todos los fieles, está subordinado a la Palabra de Dios, a la fe católica […]. No decide según su arbitrio, sino que es portavoz de la voluntad del Señor», y su potestad «tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación» ().

El Vaticano I cierra el capítulo 3 con una frase que llama «doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse sin menoscabo de la fe y de la salvación» a lo que ha enseñado en él (). El Vaticano II enseña también: «no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella» (). El Catecismo enseña a la vez que «los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica» (), y el Concilio, que las Iglesias y comunidades separadas «no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación» ().

Juan Pablo II reconoció que la convicción católica sobre el papa «constituye una dificultad para la mayoría de los demás cristianos, cuya memoria está marcada por ciertos recuerdos dolorosos», pidió perdón «por aquello de lo que somos responsables» e invitó a un diálogo «más allá de estériles polémicas» ().

El Vaticano I enseña: «el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que, por revelación suya, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, custodiaran santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los apóstoles» ().

Fuentes citadas

En la respuesta

  • 85, 86, 838

    1992/1997

  • Lumen gentium 14 y Unitatis redintegratio 3

    21 nov 1964

  • El primado del Sucesor de Pedro 7

    31 oct 1998

  • Pastor aeternus, caps. 3–4

    18 jul 1870

  • Ut unum sint 88, 96

    25 may 1995

En la objeción

  • II.4.4

    1537

  • II.4.10–11

    1537

  • ¶ 38

    1537

  • ¶¶ 39–40

    1537

  • ¶ 57

    1537

  • ¶ 36

    1537

  • XXV.6

    1647

Pasajes

En la objeción

  • No os engañe nadie en ninguna manera; porque [no vendrá] sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, Oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios, ó que se adora; tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios.

  • Y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; [A aquel inicuo], cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos,

  • Y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre, y su tabernáculo, y á los que moran en el cielo.

  • Y UNA grande señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir. Y fué vista otra señal en el cielo: y he aquí un grande dragón bermejo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las echó en tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir, á fin de devorar á su hijo cuando hubiese parido. Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro: y su hijo fué arrebatado para Dios y á su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar aparejado de Dios, para que allí la mantengan mil doscientos y sesenta días. Y fué hecha una grande batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles, Y no prevalecieron, ni su lugar fué más hallado en el cielo. Y fué lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña á todo el mundo; fué arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Y oí una grande voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la salvación, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado, el cual los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; y no han amado sus vidas hasta la muerte. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido á vosotros, teniendo grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo. Y cuando vió el dragón que él había sido arrojado á la tierra, persiguió á la mujer que había parido al hijo varón. Y fueron dadas á la mujer dos alas de grande águila, para que de la presencia de la serpiente volase al desierto, á su lugar, donde es mantenida por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo. Y la serpiente echó de su boca tras la mujer agua como un río, á fin de hacer que fuese arrebatada del río. Y la tierra ayudó á la mujer, y la tierra abrió su boca, y sorbió el río que había echado el dragón de su boca. Entonces el dragón fué airado contra la mujer; y se fué á hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo.

Textos que citan los Artículos de Esmalcalda II.4 (Apocalipsis 12: II.4.4), el Tratado 38–41 y la Confesión de Westminster XXV.6, texto de 1647 (la edición de 1880 solo 2 Tesalonicenses 2:3-5).

Otras objeciones

  • Cristo es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia»: ningún hombre puede serlo

    La Escritura dice de Cristo: «él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (); para la Confesión de Westminster no hay otra cabeza de la Iglesia, y entre sus textos de prueba está el mandato «vuestro padre no llaméis á nadie en la tierra… Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo» (). Los ortodoxos añaden que un hombre mortal no puede ser cabeza universal y perpetua de la Iglesia: Cristo mismo la gobierna (). Los luteranos sostienen que el obispo de Roma es solo obispo y pastor de la iglesia de Roma, y que los demás obispos son sus hermanos, no sus súbditos ().

  • «Sobre esta roca edificaré mi iglesia»: la roca es la confesión de Pedro, y las llaves se dieron a todos los apóstoles

    Cuando Cristo dice «sobre esta piedra edificaré mi iglesia», la piedra es la fe que Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Pedro respondió en nombre de todos, y lo que se le dice a él en singular se dice después a todos en plural: «todo lo que ligareis en la tierra» (), «a los que remitiereis los pecados» (). Las llaves son de toda la Iglesia; y «apacienta mis ovejas» fue para Pedro la restitución de su apostolado después de negar al Señor, no una superioridad sobre los demás.

  • El primado de Roma es de honor y de derecho humano, no una jurisdicción de derecho divino

    Cristo prohibió el señorío entre los apóstoles («Los reyes de las gentes se enseñorean de ellas… Mas vosotros, no así») () y los envió a todos por igual (). Para los luteranos, Pablo no fue ordenado ni confirmado por Pedro (), y la autoridad del obispo de Roma creció «por derecho humano», por disposición de los concilios (); Melanchthon, al firmar los Artículos de Esmalcalda, admitió concederle por derecho humano una superioridad sobre los obispos si admitiera el Evangelio. Para los ortodoxos, los Padres dieron al obispo de Roma una presidencia de honor por ser obispo de la capital del imperio, «primero entre iguales», como después a Constantinopla (canon 28 de Calcedonia); cada Iglesia se gobernaba con sus propios sínodos, y durante nueve siglos Oriente no reconoció a Roma una jurisdicción sobre toda la Iglesia ().

  • La sede de Roma no es la de Pedro por la Escritura

    Que la sede de Roma sea la de Pedro se apoya en una tradición, no en la Escritura, que habla más bien de Antioquía. La Iglesia de Roma fue fundada sobre todo por Pablo, por medio de sus discípulos; la acción apostólica de Pedro en Roma no consta en la historia. En la Escritura, Pedro discute como igual entre iguales en el concilio de Jerusalén y es reprendido por Pablo.

  • El concilio ecuménico, no el papa, es el tribunal supremo de la Iglesia

    Para los ortodoxos, en la Iglesia antigua las cuestiones que tocaban a toda la Iglesia se llevaban a un concilio ecuménico, «el único tribunal supremo en la Iglesia universal», y el obispo de Roma estaba sujeto a sus decretos como los demás (). Lo apoyan en Calcedonia, que no aceptó la carta del papa León porque fuera del papa, sino después de examinarla y comprobar que concordaba con los concilios anteriores (). Los luteranos añaden que un papa que no acepta ser juzgado por la Iglesia ni por un concilio quita a la Iglesia el juicio que le pertenece ().

  • Ningún hombre en la tierra es infalible; solo la Escritura juzga las controversias

    Para los ortodoxos, fuera de Cristo nadie en la tierra ha sido infalible: el mismo Pedro negó tres veces al Señor y fue reprendido por Pablo, y papas como Honorio fueron condenados como herejes por un concilio ecuménico; la infalibilidad del papa, proclamada en 1870, es una novedad que los primeros nueve siglos no conocieron (), y el guardián de la fe es el cuerpo entero de la Iglesia, el pueblo mismo (). Los reformados sostienen además que el juez supremo de toda controversia es solo el Espíritu Santo que habla en la Escritura. Para los luteranos, la única regla para juzgar toda doctrina son los escritos de los profetas y de los apóstoles.

  • «Mi reino no es de este mundo»: Cristo no dio a los apóstoles la espada ni el poder de dar reinos

    Cristo dio a los apóstoles solo una potestad espiritual: enseñar el Evangelio, anunciar el perdón de los pecados, administrar los sacramentos y excluir a los impíos sin fuerza física. «Mi reino no es de este mundo» (). Pretender que el papa tiene por derecho divino las dos espadas y el poder de dar y quitar reinos, y que creerlo es necesario para la salvación, convierte las llaves en un reino de este mundo.