Objeción a la postura católica
«Volver a la penitencia es volver al bautismo: la «segunda tabla» no significa que el barco se haya roto»
La objeción
El bautismo no es algo pasado que se pierde al pecar: su poder y su significado abarcan toda la vida, y el arrepentimiento no es otra cosa que volver al bautismo y practicar de nuevo lo que en él se empezó. Por eso no es correcto llamar a la penitencia «segunda tabla» para nadar después del naufragio, como si el bautismo ya no sirviera: el barco no se rompe, porque es obra de Dios; somos nosotros los que caemos de él, y quien cae debe volver a él.
En sus propias palabras
Digo esto para que no caigamos en la opinión en que estuvimos mucho tiempo, creyendo que el bautismo ya había pasado […] Y esto vino de que san Jerónimo escribió: "La penitencia es la segunda tabla con la que, roto el barco, tenemos que nadar y pasar al otro lado". Con eso se quitó el uso del bautismo, de modo que ya no puede servirnos. Por eso no está bien dicho, o al menos no bien entendido; porque el barco no se rompe, ya que es ordenación de Dios y no cosa nuestra
Catecismo Mayor (Lutero) IV.65, 74–82, 861529
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, el bautismo deja un sello que ningún pecado borra y que no se repite (Catecismo 1272; Trento, ses. VII, De los sacramentos en general, can. 9). La conversión del bautizado es «una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia», una «segunda conversión» (Catecismo 1428); el bautismo es «el lugar principal de la conversión primera y fundamental» (Catecismo 1427) y «el primero y principal sacramento del perdón de los pecados» (Catecismo 977). El Catecismo, citando a Trento, también llama a la penitencia, con los Padres, «un bautismo laborioso»: «Los Padres tuvieron razón en llamar a la penitencia 'un bautismo laborioso' (San Gregorio Nacianceno, Oratio 39, 17)» (Catecismo 980) (el discurso, de 379–383).
Para la Iglesia católica, la Penitencia es un sacramento distinto del bautismo. Trento da las razones: difieren en la materia y la forma; el ministro de la Penitencia es juez, y a los que ya son miembros de su cuerpo Cristo «no quiso que si estos despues se contaminasen con alguna culpa, se purificáran repitiendo el Bautismo», sino que se presentaran ante este tribunal «no sola una vez, sino quantas recurriesen à él arrepentidos»; y «uno es el fruto del Bautismo, y otro el de la Penitencia»: por el bautismo se recibe «plena y entera remision de los pecados», y a esa renovación no se llega por la Penitencia «sin muchas lágrimas y trabajos de nuestra parte» (ses. XIV, cap. 2). En otro canon, Trento condena la idea de que los pecados cometidos después del bautismo se perdonen «con solo el recuerdo, y fe del Bautismo recibido» (ses. VII, Del bautismo, can. 10). El Catecismo dice: «Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como 'la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia'» ( (Catecismo 1446), que remite a Trento y a Tertuliano, _De paenitentia_ 4, 2, c. 203).
El canon de Trento dice: «Si alguno, confundiendo los Sacramentos, dixere, que el Bautismo es el mismo Sacramento de la Penitencia, como si estos dos Sacramentos no fuesen distintos; y que por lo mismo no se dá con propiedad à la Penitencia el nombre de segunda tabla despues del naufragio; sea excomulgado» (ses. XIV, De la Penitencia, can. 2).
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentosesión VII, De los sacramentos en general, can. 9; Del bautismo, can. 10
3 mar 1547
Concilio de Trentosesión XIV, cap. 2, can. 2
25 nov 1551
Catecismo de la Iglesia Católica977, 980, 1272, 1427, 1428, 1446
1992/1997
En la objeción
Catecismo Mayor (Lutero)IV.65, 74–82, 86
1529
Pasajes
En la respuesta
Porque ¿qué me va á mí en juzgar á los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros á los que están dentro?
Otras objeciones
El bautismo es «signo y sello» del pacto de gracia, de la incorporación a Cristo, de la regeneración y del perdón de los pecados (Confesión de Westminster XXVIII.1). Despreciarlo o descuidarlo es un grave pecado, pero la gracia y la salvación no están tan unidas a él que nadie pueda ser regenerado o salvado sin bautismo, ni todos los bautizados quedan por eso regenerados: Simón el mago fue bautizado y seguía «en hiel de amargura» (Hechos 8:13, 23). La eficacia del bautismo no está atada al momento en que se administra; el Espíritu da la gracia prometida a quienes pertenece, según el consejo de Dios y en el tiempo que él dispone.
«Los sacramentos no dan la gracia por el solo rito realizado: sin la fe no aprovechan»
Los sacramentos son signos y testimonios de la voluntad de Dios hacia nosotros, dados para despertar y confirmar la fe de quienes los usan: aprovechan cuando la fe cree la promesa que en ellos se ofrece. Enseñar que confieren la gracia «ex opere operato», por el solo hecho de realizarse, a quien no pone obstáculo, aunque no haya en él un buen movimiento del corazón, es creer que el hombre se justifica por una ceremonia, sin fe; Abraham no fue justificado por la circuncisión, que le fue dada como señal (Romanos 4:9–11). Los reformados añaden que la gracia no la confiere ningún poder que esté en los sacramentos, sino solo la obra del Espíritu.
«Lo que queda en el bautizado es verdadero pecado»
El bautismo quita la culpa del pecado original, pero la concupiscencia que queda en el bautizado es verdadero pecado, aunque Dios lo perdone y no lo impute: Pablo la llama «pecado» (Romanos 7:7, 17, 20, 23). Por eso la corrupción de la naturaleza permanece aun en los regenerados, y ella y todos sus movimientos son, dicen los reformados, «verdadera y propiamente pecado».
«Solo un ministro de la Palabra legítimamente ordenado puede bautizar»
Ni el bautismo ni la Cena del Señor pueden ser administrados sino por un ministro de la Palabra legítimamente ordenado, porque Cristo dio el mandato de bautizar a quienes envió a enseñar (Mateo 28:19) y nadie toma para sí este honor si no es llamado por Dios (Hebreos 5:4). Y la eficacia del sacramento no depende de la piedad ni de la intención de quien lo administra, sino de la obra del Espíritu y de la palabra de la institución.
«Rociar o derramar agua no es el bautismo apostólico: el bautismo es por tres inmersiones»
La Iglesia de los siete concilios ecuménicos bautizaba con tres inmersiones en el agua, y así se practicó también en Occidente durante siglos, como muestran las antiguas pilas bautismales; la aspersión o la infusión, introducidas «a escondidas», son una innovación de la Iglesia papal. Lo esencial del bautismo es la triple inmersión con la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, figura de la sepultura y la resurrección de tres días.
«Solo es bautismo el de la Iglesia ortodoxa: el de los herejes no santifica ni perdona los pecados»
Hay una sola Iglesia, santa, católica y apostólica, y solo sus misterios, y por tanto su bautismo, se aceptan. Los ritos no administrados como el Espíritu Santo mandó a los Apóstoles son ajenos a la tradición apostólica: los bautismos de los herejes son «aguas inútiles», que no santifican ni lavan los pecados. Por eso a quienes vienen de ellos se los recibe como no bautizados y se los bautiza.