Objeciones a la posición católica
Lo que otras tradiciones objetan a la postura católica sobre Sola Scriptura. Cada objeción abre su página, con la respuesta católica.
Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces
Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.
Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (2 Timoteo 3:17). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.
Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (Mateo 15:9). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» (Westminster 20.2).
La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna Iglesia
La Escritura tiene autoridad porque es palabra de Dios, no porque la Iglesia la apruebe. El testimonio de la Iglesia puede movernos a estimarla, pero la certeza de que es palabra de Dios viene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra en nuestros corazones. Si la autoridad de la Escritura dependiera de la Iglesia, la Iglesia estaría por encima de la Palabra.
La regla infalible para interpretar la Escritura es la Escritura misma, y el juez supremo de toda controversia es el Espíritu Santo que habla en ella. Los sínodos y concilios deciden «ministerialmente» las controversias, y sus decretos, «cuando concuerden con la palabra de Dios, deben recibirse con reverencia y sumision»; y las iglesias deben obedecer a los obispos que enseñan conforme al Evangelio. Pero todos los concilios pueden errar y muchos han errado; por eso no son la regla de la fe sino una ayuda, los fieles examinan lo que se enseña, como los de Berea, que recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (Hechos 17:11), y no se obedece a los obispos si enseñan contra el Evangelio.
Los libros llamados apócrifos no son Escritura
Los libros llamados apócrifos no son de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no tienen autoridad en la Iglesia de Dios: se usan como cualquier otro escrito humano. La Confesión imprime como textos de prueba Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2 y 2 Pedro 1:21.
Lo que Dios inspiró directamente fue el Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo en griego; por eso solo esos textos son «auténticos», y a ellos se debe apelar en toda controversia, no a una traducción. Y como todo el pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y el mandato de leerlas, deben traducirse a la lengua de cada nación.