Objeción a la postura católica
Cristo es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia»: ningún hombre puede serlo
La objeción
La Escritura dice de Cristo: «él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Colosenses 1:18); para la Confesión de Westminster no hay otra cabeza de la Iglesia, y entre sus textos de prueba está el mandato «vuestro padre no llaméis á nadie en la tierra… Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo» (Mateo 23:9–10). Los ortodoxos añaden que un hombre mortal no puede ser cabeza universal y perpetua de la Iglesia: Cristo mismo la gobierna (Dositeo, decreto X). Los luteranos sostienen que el obispo de Roma es solo obispo y pastor de la iglesia de Roma, y que los demás obispos son sus hermanos, no sus súbditos (Artículos de Esmalcalda II.4).
En sus propias palabras
No hay otra cabeza de la iglesia sino el Señor Jesu-Cristo. Ni puede el papa de Roma ser la cabeza de ella en ningun sentido; pues es aquel anti-cristo, aquel inícuo, é hijo de perdicion, que se ensalza en la iglesia contra Cristo, y contra todo lo que se llama Dios.
Confesión de Westminster XXV.61647 Que el papa no es, por derecho divino o según la Palabra de Dios, cabeza de toda la cristiandad (pues este nombre se debe solo a uno, Jesucristo), sino solo obispo y pastor de la iglesia que está en Roma y de aquellos que, voluntariamente o por medio de una criatura humana, es decir, el magistrado político, se han unido a él, no para vivir bajo él como bajo un señor, sino para estar con él como hermanos, colegas, compañeros y cristianos, como lo muestran los antiguos concilios y la época de Cipriano.
Artículos de Esmalcalda II.4.11537 Por eso la Iglesia nunca puede ser mejor gobernada y conservada que si todos vivimos bajo una sola cabeza, que es Cristo, y todos los obispos, iguales en el oficio (aunque desiguales en dones), están unidos con suma diligencia en la unanimidad de la doctrina, la fe, los sacramentos, la oración y las obras de caridad
Artículos de Esmalcalda II.4.91537 De esta Iglesia católica, puesto que un hombre mortal no puede ser su cabeza universal y perpetuamente, nuestro Señor Jesucristo mismo es la cabeza, y Él mismo, sosteniendo el timón, gobierna la Iglesia por medio de los santos Padres.
Dositeo, Confesión (Jerusalén, 1672), decreto X1672 Solo nuestro Señor Jesucristo es el Príncipe eterno y la Cabeza inmortal de la Iglesia, pues "Él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia", y dijo también a sus divinos discípulos y apóstoles al subir a los cielos: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".
Encíclica patriarcal y sinodal de 1895, § XIV (la cabeza)1895
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, Cristo es la única Cabeza de la Iglesia, y el ministerio de Pedro existe para servirla; Juan Pablo II escribe: «Esta función de Pedro debe permanecer en la Iglesia para que, bajo su única Cabeza, que es Cristo Jesús, sea visiblemente en el mundo la comunión de todos sus discípulos» (Ut unum sint 97). El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia está edificada «sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra angular» (Lumen gentium 19; Efesios 2:20). El Catecismo dice que es Cristo quien la gobierna «por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos» (Catecismo 869).
El Catecismo explica qué recibió Pedro: «El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17)»; y añade: «Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa» (Catecismo 881).
Para la Iglesia católica, el papa es «Vicario de Cristo» y «cabeza visible de toda la Iglesia» (Lumen gentium 22 y 18), El Vaticano II dice además que el Romano Pontífice es «el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles» (Lumen gentium 23). Juan Pablo II escribe que la Iglesia católica no separa esa función «de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos «vicarios y legados de Cristo»», y que «el Obispo de Roma pertenece a su «colegio» y ellos son sus hermanos en el ministerio» (Ut unum sint 95).
El canon del Vaticano I sobre este punto dice: «Si alguno, pues, dijere que el bienaventurado apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solo un primado de honor, y no de verdadera y propia jurisdicción: sea anatema» (Pastor aeternus, cap. 1, canon).
Fuentes citadas
En la respuesta
Juan Pablo IIUt unum sint 95, 97
25 may 1995
Concilio Vaticano IILumen gentium 18, 19, 22, 23
21 nov 1964
Catecismo de la Iglesia Católica869, 881
1992/1997
Concilio Vaticano IPastor aeternus, cap. 1, canon
18 jul 1870
En la objeción
Confesión de WestminsterXXV.6
1647
Artículos de EsmalcaldaII.4.1
1537
Artículos de EsmalcaldaII.4.9
1537
Dositeo, Confesión (Jerusalén, 1672)decreto X
1672
Encíclica patriarcal y sinodal de 1895§ XIV (la cabeza)
1895
Pasajes
En la respuesta
Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo;
Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y á ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
Y cuando hubieron comido, Jesús dijo á Simón Pedro: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas más que éstos? Dícele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis corderos. Vuélvele á decir la segunda vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Respóndele: Sí, Señor: tú sabes que te amo. Dícele: Apacienta mis ovejas. Dícele la tercera vez: Simón, [hijo] de Jonás, ¿me amas? Entristecióse Pedro de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y dícele: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo. Dícele Jesús: Apacienta mis ovejas.
En la objeción
Y él es la cabeza del cuerpo [que es] la iglesia; [él] que es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga el primado.
Y sometió todas las cosas debajo de sus pies, y diólo por cabeza sobre todas las cosas á la iglesia,
Mas vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos. Y vuestro padre no llaméis á nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el cual está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.
Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Otras objeciones
Cuando Cristo dice «sobre esta piedra edificaré mi iglesia», la piedra es la fe que Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Pedro respondió en nombre de todos, y lo que se le dice a él en singular se dice después a todos en plural: «todo lo que ligareis en la tierra» (Mateo 18:18), «a los que remitiereis los pecados» (Juan 20:23). Las llaves son de toda la Iglesia; y «apacienta mis ovejas» fue para Pedro la restitución de su apostolado después de negar al Señor, no una superioridad sobre los demás.
El primado de Roma es de honor y de derecho humano, no una jurisdicción de derecho divino
Cristo prohibió el señorío entre los apóstoles («Los reyes de las gentes se enseñorean de ellas… Mas vosotros, no así») (Lucas 22:25–26) y los envió a todos por igual (Juan 20:21). Para los luteranos, Pablo no fue ordenado ni confirmado por Pedro (Gálatas 2), y la autoridad del obispo de Roma creció «por derecho humano», por disposición de los concilios (Tratado 12); Melanchthon, al firmar los Artículos de Esmalcalda, admitió concederle por derecho humano una superioridad sobre los obispos si admitiera el Evangelio. Para los ortodoxos, los Padres dieron al obispo de Roma una presidencia de honor por ser obispo de la capital del imperio, «primero entre iguales», como después a Constantinopla (canon 28 de Calcedonia); cada Iglesia se gobernaba con sus propios sínodos, y durante nueve siglos Oriente no reconoció a Roma una jurisdicción sobre toda la Iglesia (Encíclica de 1895, XV–XVII).
La sede de Roma no es la de Pedro por la Escritura
Que la sede de Roma sea la de Pedro se apoya en una tradición, no en la Escritura, que habla más bien de Antioquía. La Iglesia de Roma fue fundada sobre todo por Pablo, por medio de sus discípulos; la acción apostólica de Pedro en Roma no consta en la historia. En la Escritura, Pedro discute como igual entre iguales en el concilio de Jerusalén y es reprendido por Pablo.
El concilio ecuménico, no el papa, es el tribunal supremo de la Iglesia
Para los ortodoxos, en la Iglesia antigua las cuestiones que tocaban a toda la Iglesia se llevaban a un concilio ecuménico, «el único tribunal supremo en la Iglesia universal», y el obispo de Roma estaba sujeto a sus decretos como los demás (Encíclica de 1895, XVI). Lo apoyan en Calcedonia, que no aceptó la carta del papa León porque fuera del papa, sino después de examinarla y comprobar que concordaba con los concilios anteriores (Encíclica de 1848, 15). Los luteranos añaden que un papa que no acepta ser juzgado por la Iglesia ni por un concilio quita a la Iglesia el juicio que le pertenece (Tratado 49, 56).
Ningún hombre en la tierra es infalible; solo la Escritura juzga las controversias
Para los ortodoxos, fuera de Cristo nadie en la tierra ha sido infalible: el mismo Pedro negó tres veces al Señor y fue reprendido por Pablo, y papas como Honorio fueron condenados como herejes por un concilio ecuménico; la infalibilidad del papa, proclamada en 1870, es una novedad que los primeros nueve siglos no conocieron (Encíclica de 1895, XIV, XVIII–XIX), y el guardián de la fe es el cuerpo entero de la Iglesia, el pueblo mismo (Encíclica de 1848, 17). Los reformados sostienen además que el juez supremo de toda controversia es solo el Espíritu Santo que habla en la Escritura. Para los luteranos, la única regla para juzgar toda doctrina son los escritos de los profetas y de los apóstoles.
Para los luteranos, el papa pretende ser cabeza de la Iglesia por derecho divino y enseña que nadie puede salvarse sin someterse a él, aunque crea en Cristo (Artículos de Esmalcalda II.4; Tratado 36). Se arroga cambiar la doctrina y el culto que Dios instituyó y no acepta ser juzgado por nadie (Tratado 39–40). Eso es lo que Pablo describe del «hombre de pecado», «oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios», «tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios» (2 Tesalonicenses 2:3–4); por eso, aun si tuviera el primado por derecho divino, no se le debería obediencia (Tratado 38, 57). La Confesión de Westminster, en su texto de 1647, llama al papa «aquel anti-cristo, aquel inícuo, é hijo de perdicion» (XXV.6).
«Mi reino no es de este mundo»: Cristo no dio a los apóstoles la espada ni el poder de dar reinos
Cristo dio a los apóstoles solo una potestad espiritual: enseñar el Evangelio, anunciar el perdón de los pecados, administrar los sacramentos y excluir a los impíos sin fuerza física. «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18:36). Pretender que el papa tiene por derecho divino las dos espadas y el poder de dar y quitar reinos, y que creerlo es necesario para la salvación, convierte las llaves en un reino de este mundo.