Objeción a la postura católica
«Solo un ministro de la Palabra legítimamente ordenado puede bautizar»
La objeción
Ni el bautismo ni la Cena del Señor pueden ser administrados sino por un ministro de la Palabra legítimamente ordenado, porque Cristo dio el mandato de bautizar a quienes envió a enseñar (Mateo 28:19) y nadie toma para sí este honor si no es llamado por Dios (Hebreos 5:4). Y la eficacia del sacramento no depende de la piedad ni de la intención de quien lo administra, sino de la obra del Espíritu y de la palabra de la institución.
En sus propias palabras
No hay sino dos sacramentos ordenados en el Evangelio por nuestro Señor Jesu-Cristo, á saber, el bautismo y la Cena del Señor; ni el uno, ni el otro de los cuales debe administrarse, sino por un ministro de la palabra legalmente ordenado.
Confesión de Westminster XXVII.41647 «por un ministro del evangelio debidamente autorizado»
Confesión de Westminster XXVIII.21647 La gracia que se comunica en los sacramentos, ó por ellos dignamente empleados, no se dá por ningun poder que está en ellos, ni depende la eficácia de un sacramento de la piedad ó intencion de aquel que lo administra, sino de la operacion del Espíritu, y de las palabras de institucion, que contienen, juntamente con el precepto que autoriza el uso del sacramento, una promesa de bendicion para los que lo reciban dignamente.
Confesión de Westminster XXVII.31647
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, no todos los cristianos tienen potestad para administrar todos los sacramentos (Trento, ses. VII, De los sacramentos en general, can. 10); los ministros ordinarios del bautismo son el obispo, el presbítero y, en la Iglesia latina, el diácono (Catecismo 1256).
Para la Iglesia católica, en caso de necesidad puede bautizar cualquiera. El Concilio de Florencia lo dijo así: «en caso de necesidad puede bautizar no solo el sacerdote o el diácono, sino también un laico o una mujer, y aun un pagano y un hereje, con tal que observe la forma de la Iglesia y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia» (decreto para los armenios, 1439); y el IV Concilio de Letrán, que el bautismo dado según la forma de la Iglesia «sea quien quiera el Ministro» da la salvación (1215). El Catecismo da la razón: «la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4)» y «la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16)» (Catecismo 1256).
Para la Iglesia católica, «el sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios» (Catecismo 1128; Trento, ses. VII, De los sacramentos en general, can. 12); y «la intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar» (Catecismo 1256).
El canon de Trento sobre el ministro dice: «Si alguno dixere, que no se requiere en los ministros quando celebran, ó confieren los Sacramentos, intencion de hacer por lo menos lo mismo que hace la Iglesia; sea excomulgado» (ses. VII, De los sacramentos en general, can. 11).
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentosesión VII, De los sacramentos en general, cann. 10–12
3 mar 1547
Concilio de Florenciadecreto para los armenios Exsultate Deo
22 nov 1439
IV Concilio de Letránconst. 1
1215
Catecismo de la Iglesia Católica1128, 1256
1992/1997
En la objeción
Confesión de WestminsterXXVII.4
1647
Confesión de WestminsterXXVIII.2
1647
Confesión de WestminsterXXVII.3
1647
Pasajes
En la respuesta
El cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
En la objeción
Por tanto, id, y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Cuando pues os juntáis en uno, [esto] no es comer la cena del Señor:
Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fué entregado, tomó pan;
TÉNGANNOS los hombres por ministros de Cristo, y dispensadores de los misterios de Dios.
Ni nadie toma para sí la honra, sino el que es llamado de Dios, como Aarón.
Yo á la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas el que viene tras mí, más poderoso es que yo; los zapatos del cual yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y [en] fuego.
Y yo no le conocía; mas el que me envió á bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu, y que reposa sobre él, éste es el que bautiza con Espíritu Santo.
Otras objeciones
El bautismo es «signo y sello» del pacto de gracia, de la incorporación a Cristo, de la regeneración y del perdón de los pecados (Confesión de Westminster XXVIII.1). Despreciarlo o descuidarlo es un grave pecado, pero la gracia y la salvación no están tan unidas a él que nadie pueda ser regenerado o salvado sin bautismo, ni todos los bautizados quedan por eso regenerados: Simón el mago fue bautizado y seguía «en hiel de amargura» (Hechos 8:13, 23). La eficacia del bautismo no está atada al momento en que se administra; el Espíritu da la gracia prometida a quienes pertenece, según el consejo de Dios y en el tiempo que él dispone.
«Los sacramentos no dan la gracia por el solo rito realizado: sin la fe no aprovechan»
Los sacramentos son signos y testimonios de la voluntad de Dios hacia nosotros, dados para despertar y confirmar la fe de quienes los usan: aprovechan cuando la fe cree la promesa que en ellos se ofrece. Enseñar que confieren la gracia «ex opere operato», por el solo hecho de realizarse, a quien no pone obstáculo, aunque no haya en él un buen movimiento del corazón, es creer que el hombre se justifica por una ceremonia, sin fe; Abraham no fue justificado por la circuncisión, que le fue dada como señal (Romanos 4:9–11). Los reformados añaden que la gracia no la confiere ningún poder que esté en los sacramentos, sino solo la obra del Espíritu.
El bautismo no es algo pasado que se pierde al pecar: su poder y su significado abarcan toda la vida, y el arrepentimiento no es otra cosa que volver al bautismo y practicar de nuevo lo que en él se empezó. Por eso no es correcto llamar a la penitencia «segunda tabla» para nadar después del naufragio, como si el bautismo ya no sirviera: el barco no se rompe, porque es obra de Dios; somos nosotros los que caemos de él, y quien cae debe volver a él.
«Lo que queda en el bautizado es verdadero pecado»
El bautismo quita la culpa del pecado original, pero la concupiscencia que queda en el bautizado es verdadero pecado, aunque Dios lo perdone y no lo impute: Pablo la llama «pecado» (Romanos 7:7, 17, 20, 23). Por eso la corrupción de la naturaleza permanece aun en los regenerados, y ella y todos sus movimientos son, dicen los reformados, «verdadera y propiamente pecado».
«Rociar o derramar agua no es el bautismo apostólico: el bautismo es por tres inmersiones»
La Iglesia de los siete concilios ecuménicos bautizaba con tres inmersiones en el agua, y así se practicó también en Occidente durante siglos, como muestran las antiguas pilas bautismales; la aspersión o la infusión, introducidas «a escondidas», son una innovación de la Iglesia papal. Lo esencial del bautismo es la triple inmersión con la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, figura de la sepultura y la resurrección de tres días.
«Solo es bautismo el de la Iglesia ortodoxa: el de los herejes no santifica ni perdona los pecados»
Hay una sola Iglesia, santa, católica y apostólica, y solo sus misterios, y por tanto su bautismo, se aceptan. Los ritos no administrados como el Espíritu Santo mandó a los Apóstoles son ajenos a la tradición apostólica: los bautismos de los herejes son «aguas inútiles», que no santifican ni lavan los pecados. Por eso a quienes vienen de ellos se los recibe como no bautizados y se los bautiza.