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Objeción a la postura católica

La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna Iglesia

La objeción

La Escritura tiene autoridad porque es palabra de Dios, no porque la Iglesia la apruebe. El testimonio de la Iglesia puede movernos a estimarla, pero la certeza de que es palabra de Dios viene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra en nuestros corazones. Si la autoridad de la Escritura dependiera de la Iglesia, la Iglesia estaría por encima de la Palabra.

En sus propias palabras

  • La autoridad de las Sagradas Escrituras, la que hace que deben creerse y obedecerse, no depende del testimonio de ningun hombre ó iglesia cualquiera que fuera, sino enteramente del de Dios, quien es su autor, porque El es la misma verdad; por esto deben ser recibidas porque son la palabra de Dios.
    1647
  • El testimonio de la iglesia puede mover é inducirnos á guardar para las Sagradas Escrituras una estimacion alta y reverencial […] Sin embargo, nuestra persuasion y completa conviccion de que su verdad es infalible y su autoridad divina, provienen de la obra interior del Espíritu Santo, quien dá testimonio juntamente con la palabra divina, y por ella á nuestros corazones.
    1647

Suelen plantearla reformados.

La respuesta católica

Para la Iglesia católica, la Escritura tiene autoridad porque viene de Dios: el Catecismo dice «Dios es el autor de la Sagrada Escritura», y cita al Concilio: «La santa madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia» ().

El Concilio enseña también que para creer «es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a [sic] los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da 'a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad'» ().

Para la Iglesia católica, la Tradición es la que da a conocer qué libros son Escritura: «La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos» (), y «por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados» (). El Catecismo, al hablar del juicio de la Iglesia sobre la Escritura, cita a san Agustín (_Réplica a la carta de Manes llamada «del fundamento»_, 396): «No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica» ().

El Concilio Vaticano I enseña que la Iglesia tiene los libros por sagrados y canónicos «no porque, compuestos por solo ingenio humano, hayan sido después aprobados por su autoridad; ni solamente porque contengan la revelación sin error; sino porque, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido entregados a la Iglesia» ().

Fuentes citadas

En la respuesta

  • Dei Filius, cap. 2

    24 abr 1870

  • Dei Verbum 5, 8

    18 nov 1965

  • 105, 119, 120 (san Agustín, Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti 5, 6, como lo imprime el Catecismo)

    1992/1997

En la objeción

  • I.4

    1647

  • I.5

    1647

  • q. 4

    1647

Pasajes

En la objeción

  • Tenemos también la palabra profética más permanente, á la cual hacéis bien de estar atentos como á una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones:

  • Porque la profecía no fué en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo.

  • Toda Escritura [es] inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia,

  • Si recibimos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor; porque éste es el testimonio de Dios, que ha testificado de su Hijo.

Hasta Isaías 59:21: Westminster 1.4–1.5; desde Oseas 8:12: Catecismo Mayor de Westminster 4 (que repite Juan 16:13-14 y 1 Juan 2:20, 27). Las repeticiones se muestran una vez.

Otras objeciones

  • Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces

    Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.

  • La Escritura basta: todo lo necesario para la fe y la salvación está escrito, y nada se le ha de añadir por tradiciones de hombres

    Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.

  • «En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres»: las tradiciones humanas no obligan la conciencia

    Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» ().

  • La Escritura se interpreta a sí misma; su juez supremo es el Espíritu que habla en ella, y los concilios y los obispos pueden errar

    La regla infalible para interpretar la Escritura es la Escritura misma, y el juez supremo de toda controversia es el Espíritu Santo que habla en ella. Los sínodos y concilios deciden «ministerialmente» las controversias, y sus decretos, «cuando concuerden con la palabra de Dios, deben recibirse con reverencia y sumision»; y las iglesias deben obedecer a los obispos que enseñan conforme al Evangelio. Pero todos los concilios pueden errar y muchos han errado; por eso no son la regla de la fe sino una ayuda, los fieles examinan lo que se enseña, como los de Berea, que recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (), y no se obedece a los obispos si enseñan contra el Evangelio.

  • Los libros llamados apócrifos no son Escritura

    Los libros llamados apócrifos no son de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no tienen autoridad en la Iglesia de Dios: se usan como cualquier otro escrito humano. La Confesión imprime como textos de prueba Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2 y 2 Pedro 1:21.

  • El texto auténtico es el hebreo y el griego, y la Escritura debe traducirse a la lengua de cada pueblo

    Lo que Dios inspiró directamente fue el Antiguo Testamento en hebreo y el Nuevo en griego; por eso solo esos textos son «auténticos», y a ellos se debe apelar en toda controversia, no a una traducción. Y como todo el pueblo de Dios tiene derecho a las Escrituras y el mandato de leerlas, deben traducirse a la lengua de cada nación.