La posición católica
Qué responde la Iglesia católica a la pregunta «¿solo la Escritura?», con sus propias fuentes.
Qué enseña
Lo que la Iglesia católica enseña sobre la Escritura y la Tradición, con el grado de autoridad que le corresponde según las categorías de la Iglesia.
¿Solo la Escritura? «[…] la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas.» (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 9, 1965) (Dei Verbum 9, el número entero; Catecismo 82; Trento, ses. IV; Unitatis redintegratio 21; Ut unum sint 79)
Para la Iglesia católica, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura «constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia» (Dei Verbum 10), y «se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad» (Dei Verbum 9). Considera la Escritura, «juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum 21), y enseña que el Magisterio «no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve» (Dei Verbum 10).
Dei Verbum 9, Dei Verbum 10, Dei Verbum 21, Trento, ses. IV
La revelación de Dios culmina en Cristo, y no hay que esperar otra revelación pública. Cristo mandó a los apóstoles predicar el Evangelio, «fuente de toda la verdad salvadora». Ellos lo transmitieron de dos maneras: de palabra, con su ejemplo y sus instituciones, y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Para que el Evangelio se conservara vivo, dejaron como sucesores a los obispos.
Magisterio auténticoDei Verbum 7, Dei Verbum 4, Catecismo 66, Catecismo 76, Catecismo 83, Trento, ses. IV
La Escritura es la palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo; la Tradición transmite íntegra a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios que Cristo y el Espíritu confiaron a los apóstoles. Las dos brotan «de la misma divina fuente», forman «un solo depósito sagrado de la palabra de Dios» y se reciben «con un mismo espíritu de piedad».
Dogma y magisterio auténticoDei Verbum 9, Dei Verbum 10, Catecismo 82, Catecismo 83, Trento, ses. IV, Trento, ses. IV, anatema, Dei Filius, cap. 2, Código de Derecho Canónico, can. 750 §1; Professio fidei (1989), Professio fidei Tridentina II
La Tradición y la Escritura forman «un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia», y en su conservación «prelados y fieles colaboran estrechamente» (Dei Verbum 10). La totalidad de los fieles «no puede equivocarse cuando cree», y lo manifiesta «mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo»; con ese sentido de la fe el Pueblo de Dios se adhiere a la fe «guiado en todo por el sagrado Magisterio» (Lumen gentium 12). Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, escrita o transmitida, está confiado solo al Magisterio vivo de la Iglesia: el Papa y los obispos en comunión con él. Ese Magisterio «no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado». Escritura, Tradición y Magisterio están unidos de tal modo «que no tiene consistencia el uno sin el otro».
Enseñado por un concilio y magisterio auténticoDei Verbum 10, Lumen gentium 12, Trento, ses. IV, decreto sobre la edición y el uso, Dei Filius, cap. 2, Professio fidei Tridentina III, Catecismo 85, 87, Catecismo 91–93
Fue la Tradición apostólica la que hizo discernir a la Iglesia qué escritos forman la lista de los libros santos, el «canon». Comprende 46 libros del Antiguo Testamento (45 si se cuentan Jeremías y Lamentaciones como uno) y 27 del Nuevo, entre ellos Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos libros de los Macabeos; todos ellos «enteros, con todas sus partes» (Concilio de Trento, ses. IV; lo renovó el Vaticano I, _Dei Filius_, can. II.4).
Dogma y magisterio auténticoCatecismo 120, Catecismo 138, Dei Verbum 8, Trento, ses. IV, Dei Filius, can. II.4
Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento son sagrados y canónicos porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor. No lo son porque la Iglesia los haya aprobado después. Dios se valió de hombres que usaron sus propias facultades, de modo que escribieron «como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería».
Dogma y Enseñado por un concilio y magisterio auténticoDei Filius, cap. 2, Dei Filius, can. II.4, Dei Verbum 11, Catecismo 105
Como todo lo que afirman los autores inspirados lo afirma el Espíritu Santo, los libros de la Escritura «enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación».
DogmaDei Verbum 11, Catecismo 107, Providentissimus Deus, Verbum Domini 19, Congregación para la Doctrina de la Fe (1998), §11
Para entender la Escritura hay que buscar lo que los autores sagrados quisieron decir, atendiendo a su tiempo, su cultura y los «géneros literarios». Y como está inspirada, hay que leerla «con el mismo Espíritu con que se escribió»: atendiendo a la unidad de toda la Escritura, a la Tradición viva de toda la Iglesia y a la analogía de la fe. El juicio último corresponde a la Iglesia.
Magisterio auténticoDei Verbum 12, Catecismo 112–118, Catecismo 113, Divino afflante Spiritu, Verbum Domini 29
La Iglesia ha venerado siempre las Escrituras «al igual que el mismo Cuerpo del Señor» y las considera, «juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe». Toda su predicación debe nutrirse de la Escritura y regirse por ella; el estudio de la Escritura es «como el alma de la Sagrada Teología»; y quiere que los fieles tengan «amplio acceso» a ella, en traducciones fieles hechas «sobre todo de los textos primitivos», porque «el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo».
Magisterio auténticoDei Verbum 21, Dei Verbum 22, Dei Verbum 24, Dei Verbum 25, Catecismo 108, Catecismo 133, Verbum Domini 7
La Tradición que viene de los apóstoles «progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo»: crece la comprensión de lo transmitido, por la contemplación y el estudio de los creyentes, por su experiencia espiritual y por la predicación de los obispos. Pero no se añade nada al depósito: el sentido de los dogmas que la Iglesia declaró una vez «ha de conservarse siempre» (Vaticano I, _Dei Filius_, cap. 4; traducción asistida por IA desde el latín, sin revisar por Pedro).
Dogma y magisterio auténticoDei Verbum 8, Dei Filius, cap. 4, Dei Filius, can. IV.3, Catecismo 94, Catecismo 66
Por qué
La Iglesia católica da sus razones con la Escritura y con la historia de cómo se transmitió el Evangelio. Cristo mandó a los apóstoles predicar el Evangelio «á toda criatura», «como fuente de toda verdad conducente á nuestra salvacion» (Trento, ses. IV); los apóstoles lo transmitieron de palabra y por escrito, y dejaron sucesores (Dei Verbum 7); piden a los fieles «que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito» (Dei Verbum 8); y la Iglesia conoció por la Tradición qué libros forman la Escritura (Dei Verbum 8).
El Catecismo cita a san Agustín:
No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica
Y un adagio de los Padres, con Orígenes:
La sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos
En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura
Para la Iglesia católica, la Tradición, la Escritura y el Magisterio «están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro» (Dei Verbum 10): por eso no saca «exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado» (Catecismo 82), aunque la tiene, junto con la Tradición, por «la regla suprema de su fe» (Dei Verbum 21).
Los mismos textos los leen de otro modo otras tradiciones: lo verás en Lo que escribieron los primeros cristianos, que es una sección neutral.
La Escritura que usa
Los pasajes que los documentos católicos citan sobre la Escritura y la Tradición, y cómo los leen.
Para la Iglesia católica, Cristo mandó: «predicad el evangelio á toda criatura» (Marcos 16:15), y prometió: «yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20); por eso el Evangelio se transmite primero por la predicación viva (Dei Verbum 7; Catecismo 80).
Los apóstoles piden a los fieles «que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito»: Dei Verbum lo lee como la orden de conservar lo recibido por las dos vías (Dei Verbum 8).
Para la Iglesia católica, «la fe transmitida a los santos de una vez para siempre» se guarda sin añadirle nada; lo que crece es su comprensión (Dei Verbum 8; Catecismo 171).
El Catecismo lee aquí a la Iglesia como «columna y fundamento de la verdad», que guarda la memoria de las palabras de Cristo y transmite la confesión de fe de los apóstoles (Catecismo 171).
Objeciones
Objeciones a la postura católica. Abre cada una para leer en profundidad la respuesta católica.
Solo la Escritura es regla y norma; los Padres, los concilios y la Tradición son testigos, no jueces
Solo los escritos de los profetas y apóstoles son la regla por la que se juzga toda doctrina y todo maestro. Los Padres y los concilios merecen respeto, pero son testigos de cómo se entendió la Escritura, no una segunda norma: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Poner la Tradición a la par de la Escritura le quita a la Palabra de Dios su lugar de juez único.
Dios quiso poner por escrito toda su voluntad para conservarla sin corrupción, y los modos anteriores de revelarse ya cesaron. Todo lo necesario para la fe y la salvación está dicho en la Escritura o se deduce de ella «por buena y necesaria consecuencia»; la Escritura hace que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (2 Timoteo 3:17). Por eso no se le debe añadir nada, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas; aunque la comprensión salvadora de lo revelado necesita «la iluminacion interna del Espíritu de Dios», y las circunstancias del culto y del gobierno de la iglesia se ordenan «conforme á la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana», guardando las reglas generales de la palabra.
Cristo reprochó a los fariseos honrar a Dios con «mandamientos de hombres» (Mateo 15:9). Las tradiciones humanas no obligan la conciencia como si fueran necesarias para la salvación. Los luteranos admiten los ritos que sirven al buen orden en la Iglesia, pero enseñan que quien enseña que con ellos se merece la gracia oscurece el Evangelio, y que no es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas; los reformados, que «solo Dios es el Señor de la conciencia» (Westminster 20.2).
Cómo se vive
Para la Iglesia católica, la Escritura se recibe sobre todo en la liturgia, donde, enseña el Concilio, Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla» (Sacrosanctum Concilium 7). En cada misa se lee la Escritura; en las misas de domingos y fiestas de precepto con concurso del pueblo «debe haber homilía» (Código de Derecho Canónico, can. 767); el Concilio pidió que en un período de años se lean al pueblo «las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (Sacrosanctum Concilium 51).
La Iglesia exhorta además a todos los fieles a la «lectura frecuente de las divinas Escrituras» (Dei Verbum 25), acompañada de oración, y quiere que la catequesis y la predicación se funden en la Escritura, la Tradición, la liturgia y el Magisterio (can. 760).
Liturgia de la Palabra
En la liturgia «la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande»: de ella se toman las lecturas, los salmos, y de ella están «penetrados» las oraciones e himnos (Sacrosanctum Concilium 24). Para la Iglesia, Cristo «está presente en su palabra» cuando se lee (Sacrosanctum Concilium 7) .
Más Escritura en la misa
El Concilio pidió que «se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» en un período determinado de años, y una lectura «más abundante, más variada y más apropiada» en las celebraciones (Sacrosanctum Concilium 51, 35) .
La homilía
En la homilía se exponen, «partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana». En las misas de domingos y fiestas de precepto con concurso del pueblo «debe haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave»; la hace un sacerdote o un diácono (Código de Derecho Canónico, can. 767) .
Lectura y oración personal
La Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles […] la lectura asidua de la Escritura», y pide que la acompañe la oración, «pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras» (Catecismo 2653). Benedicto XVI describe la _lectio divina_ en pasos: lectura, meditación, oración y contemplación (Verbum Domini 87) .
Biblias con aprobación y notas
Los libros de la Escritura solo pueden publicarse si los aprobó la Sede Apostólica o la Conferencia Episcopal; las traducciones a la lengua vernácula necesitan la misma aprobación y deben ir «acompañadas de las notas aclaratorias necesarias y suficientes» (Código de Derecho Canónico, can. 825 § 1) .
Catequesis y predicación
El ministerio de la palabra «se debe fundar en la sagrada Escritura, en la Tradición, en la liturgia, en el magisterio y en la vida de la Iglesia» (Código de Derecho Canónico, can. 760); el estudio de la Escritura «ha de ser como el alma de la Sagrada Teología» (Dei Verbum 24) .
La profesión de fe
Quienes asumen ciertos oficios en la Iglesia profesan, con el Credo: «Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado» (Professio fidei, 1989, primer apartado) (can. 833).
Escuchar juntos la Escritura
Para la Iglesia, «escuchar y meditar juntos las Escrituras nos hace vivir una comunión real, aunque todavía no plena» con los demás cristianos (Verbum Domini 46); el Concilio llama a las Escrituras «instrumentos preciosos» para la unidad en el diálogo (Unitatis redintegratio 21) y admite traducciones hechas con los hermanos separados (Dei Verbum 22) .
Veneración del libro
La Iglesia «ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor» (Dei Verbum 21); el Catecismo dice que el Evangelio ocupa en la Iglesia un lugar único, del que da testimonio «la veneración de que lo rodea la liturgia» (Catecismo 127) .