Objeción a la postura católica
Cristo dijo «Tomad, comed»: guardar, exponer y adorar la hostia va más allá de lo que mandó
La objeción
Cristo dio el pan para que se tome y se coma («Tomad, comed», Mateo 26:26). Guardarlo, exponerlo y llevarlo en procesión para adorarlo es usar el sacramento para algo que Cristo no mandó, y dirigir la adoración a lo que, a la vista, son pan y vino. Para los reformados, adorar los elementos es idolatría (Westminster 29.4, 29.6).
En sus propias palabras
Las misas privadas, ó la recepcion de este sacramento por un sacerdote, ó por cualquiera otra persona cuando esté sola; como tambien la negacion del cáliz al pueblo; la adoracion de los elementos, el elevarlos, ó llevarlos en procesion ó de otra manera cualquiera para recibir adoracion, y la conservacion de ellos para supuestos usos religiosos, son todas costumbres y prácticas contrarias á la naturaleza de este sacramento, y á la institucion de Cristo.
Confesión de Westminster 29.41647 Y fuera de este uso, cuando en la misa papista el pan no se distribuye, sino que se ofrece, se encierra, se lleva en procesión y se exhibe para la adoración, no ha de tenerse por sacramento.
Fórmula de Concordia, Declaración Sólida VII.87 y 1261577 Texto en inglés
And because the division of the Sacrament does not agree with the ordinance of Christ, we are accustomed to omit the procession, which hitherto has been in use.
Confesión de Augsburgo XXII.121530
La respuesta católica
Para la Iglesia católica, lo que se adora es Cristo, no el pan. Trento enseña que al sacramento se le da «el culto de latría que se debe al mismo Dios», porque «creemos que está presente en él aquel mismo Dios» a quien adoraron los ángeles, los magos y los apóstoles (Trento, ses. XIII, cap. 5; Hebreos 1:6; Mateo 2:11). El Catecismo lo dice así: «Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar es preciso honrarlo con culto de adoración» (Catecismo 1418).
Para la Iglesia católica, que se haya instituido para comerlo no impide adorarlo. Trento: «Ni se le debe tributar menos adoracion con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro señor para recibirle» (ses. XIII, cap. 5). Benedicto XVI responde a esta misma objeción: «Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento.» Y añade: «la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos» (Sacramentum caritatis 66).
Para la Iglesia católica, la presencia no depende del momento en que se come: «comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas» (Catecismo 1377), y Trento rechaza que Cristo esté «solo en el uso, mientras que se recibe» (ses. XIII, can. 4). Pablo VI enseña que «no se puede proponer y aceptar la opinión, según la cual en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio de la misa, ya no se halla presente Nuestro Señor Jesucristo» (Mysterium fidei 11).
Para la Iglesia católica, guardar la Eucaristía tiene un fin y una historia. Trento: es una costumbre «tan antigua […] que ya se conocia en el siglo en que se celebró el concilio Niceno» (ses. XIII, cap. 6). El Catecismo: «El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas» (Catecismo 1379). Juan Pablo II subraya que este culto «está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico» y que la presencia en las especies que se conservan «deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual» (Ecclesia de Eucharistia 25).
Para la Iglesia católica, esa adoración empieza dentro de la misma Misa: «En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor» (Catecismo 1378), y se prolonga fuera de ella: «conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión en medio de la alegría del pueblo» (Mysterium fidei 56; citado en Catecismo 1378).
Si alguno dixere, que en el santo Sacramento de la Eucaristía no se debe adorar á Cristo hijo unigenito de Dios con el culto de latría, ni aun con el externo; y que por lo mismo, ni se debe venerar con peculiar y festiva celebridad; ni ser conducido solemnemente en procesiones, segun el loable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia; ó que no se debe exponer públicamente al pueblo para que le adore, y que los que le adoran son idólatras; sea excomulgado.
Fuentes citadas
En la respuesta
Concilio de Trentosesión XIII, caps. 5–6, cann. 4 y 6
11 oct 1551
Catecismo de la Iglesia Católica1377, 1378, 1379, 1418
1992/1997
Pablo VIMysterium fidei 11, 56
3 sep 1965
Juan Pablo IIEcclesia de Eucharistia 25
17 abr 2003
Benedicto XVISacramentum caritatis 66
22 feb 2007
En la objeción
Confesión de Westminster29.4
1647
Fórmula de Concordia, Declaración SólidaVII.87 y 126
1577
Confesión de AugsburgoXXII.12
25 jun 1530
Pasajes
En la respuesta
Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.
Y entrando en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro é incienso y mirra.
En la objeción
Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dió á sus discípulos, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo.
Mas en vano me honran, enseñando doctrinas [y] mandamientos de hombres.
Otras objeciones
Si Cristo se ofreció «una vez para siempre», la Misa no puede ser un sacrificio
Hebreos dice que Cristo no se ofreció «muchas veces» sino una vez, que «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre á los santificados» y que «donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por pecado» (Hebreos 9:25–26; Hebreos 10:14, 18). La muerte de Cristo es el único sacrificio propiciatorio; la Cena puede ser un sacrificio de alabanza y acción de gracias de los ya reconciliados, pero no uno que reconcilie con Dios. Si la Misa es un sacrificio propiciatorio que se ofrece cada día por vivos y difuntos, o repite la cruz o le añade algo que la cruz no hizo.
Misas privadas y misas por los difuntos: la Cena convertida en una obra que vale por sí sola
Cristo instituyó la Cena para que la comunidad comulgue y los creyentes reciban con fe el perdón. Misas sin comulgantes, multiplicadas y aplicadas a cambio de dinero por vivos y difuntos, hacen de ella una obra que valdría por el solo hecho de celebrarse, sin la fe de quien la recibe. Y la Cena se instituyó para los vivos: aplicarla por los difuntos no tiene testimonio ni mandato en la Escritura.
Pablo lo sigue llamando «pan»: lo consagrado sigue siendo pan
Después de la consagración Pablo lo sigue llamando «pan» (1 Corintios 10:16; 1 Corintios 11:26–28): el pan sigue siendo pan en su sustancia, y enseñar que su sustancia desaparece no concuerda con la Escritura. Los reformados añaden que el cuerpo de Cristo está en el cielo (Hechos 3:21) y que la transubstanciación va «aun contra el sentido y razon comunes» y «destruye la naturaleza del sacramento» (Confesión de Westminster 29.6).
Cristo dijo «Bebed de ella todos»: negar el cáliz a los laicos cambia lo que él instituyó
De la copa Jesús dijo «Bebed de él todos» (Mateo 26:27), y la Iglesia antigua dio las dos especies a todos durante siglos. Dar a los laicos solo el pan cambia la institución de Cristo y los priva de algo que él mandó.
Los dones se consagran por la invocación del Espíritu Santo, no solo por las palabras de Cristo
En las liturgias antiguas, de Oriente y también de Roma y las Galias, los dones se consagran con la oración que invoca al Espíritu Santo, la epíclesis. Atribuir la consagración solo a las palabras «Esto es mi cuerpo» fue una innovación posterior de la Iglesia latina.
Durante mil años se consagró con pan fermentado: el ázimo es una innovación latina
Durante más de mil años, en Oriente y en Occidente, la Iglesia celebró la Eucaristía con pan fermentado, a ejemplo del Salvador. El pan ázimo de la Iglesia latina es una innovación del siglo XI.