La posición luterana
Cómo las confesiones luteranas entienden la Santa Cena, con sus propias fuentes.
Qué enseña
Lo que enseñan las confesiones luteranas sobre la Santa Cena, con el lugar que cada texto ocupa en el Libro de Concordia.
Para las confesiones luteranas, la Santa Cena es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, bajo el pan y el vino, que Cristo mismo dio a los cristianos para comer y beber, y en la que por sus palabras («dado y derramado por vosotros para el perdón de los pecados») se dan el perdón, la vida y la salvación. (Catecismo Menor VI.1–2)
La Confesión de Augsburgo confiesa que el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo están verdaderamente presentes en la Cena «bajo la forma del pan y del vino» y que allí se distribuyen y se reciben (art. X). La Apología añade que están «verdadera y sustancialmente presentes» y que esta es la doctrina «recibida en toda la Iglesia» (X.54, 57).
Confesión de Augsburgo: «el símbolo de nuestro tiempo»Confesión de Augsburgo X, Apología X.54, Epítome VII.6
Las palabras de Cristo «Esto es mi cuerpo» se entienden como suenan, según la letra: el pan no significa un cuerpo ausente, sino que, por la «unión sacramental», es el cuerpo de Cristo. Las confesiones dicen también que el cuerpo está «bajo el pan, con el pan, en el pan»: esas fórmulas rechazan la transubstanciación e indican que el pan, sin transformarse, y el cuerpo de Cristo están unidos. No es una unión personal, como la de las dos naturalezas en Cristo, sino sacramental.
Tesis afirmativa / antítesis (condena)Epítome VII.7, Declaración sólida VII.35, Declaración sólida VII.38
La Fórmula de Concordia reúne en una sola pregunta la cuestión principal de este artículo, y responde que sí: el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo se distribuyen con el pan y el vino y se reciben con la boca por todos los que usan este sacramento, «sean dignos o indignos» (Epítome VII.2). Se reciben no solo espiritualmente, por la fe, sino también con la boca; pero no de un modo «cafarnaítico», como si la carne de Cristo se desgarrara con los dientes y se digiriera como otro alimento, sino de un modo sobrenatural y celestial, que los sentidos y la razón no comprenden y que solo la fe capta. Los reciben no solo los cristianos piadosos, sino también los impíos: los que creen, para consuelo y vida; los que no creen y no se arrepienten, para juicio. Por eso Pablo dice que quien come indignamente «será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Corintios 11:27).
Tesis afirmativa / antítesis (condena) y confesión (símbolo)Epítome VII.2, Epítome VII.15, Epítome VII.42, Declaración sólida VII.105, Esmalcalda III.6.1, Epítome VII.16, Epítome VII.19
Ninguna obra humana, ni el pronunciar del ministro, ni la fe de los que comulgan, hace presente el cuerpo y la sangre de Cristo: eso se atribuye solo al poder de Cristo y a sus palabras de la institución, que siguen obrando dondequiera que se celebra la Cena como él la instituyó. Por eso esas palabras deben decirse en voz alta en cada celebración. Lo resume el Catecismo Mayor: «Como habla y dice la boca de Cristo, así es».
Tesis afirmativa / antítesis (condena) y catecismos: «biblia de los laicos»Epítome VII.8–9, Declaración sólida VII.74–75, Catecismo Mayor V.10
Lo que la Cena da lo dicen las palabras «dado y derramado por vosotros para el perdón de los pecados»: en el sacramento se dan, por esas palabras, el perdón de los pecados, la vida y la salvación. No lo hace el comer y beber por sí mismo, sino las palabras junto con el comer y beber; y quien las cree tiene lo que dicen. Por eso está bien preparado quien cree esas palabras: el ayuno y la preparación corporal son «una buena disciplina externa», pero el «por vosotros» pide corazones que crean. El Catecismo Mayor añade que con el perdón vienen «la gracia de Dios y su Espíritu con todos sus dones», y lo llama «alimento del alma, que nutre y fortalece al hombre nuevo», dado «como pasto y sustento diario, para que la fe se reponga y se fortalezca» (V.23–24).
Catecismos: «Biblia de los laicos»Catecismo Menor VI.5–10, Catecismo Mayor V.23–24, Catecismo Mayor V.22, Epítome VII.20
¿Se convierte el pan en el cuerpo de Cristo?
Los Artículos de Esmalcalda responden: «concuerda perfectamente con la Escritura que allí hay pan y sigue habiéndolo, como lo llama el mismo san Pablo». Para las confesiones luteranas, el pan no pierde su esencia: por eso dicen que el cuerpo de Cristo está «bajo el pan, con el pan, en el pan», para indicar la unión del pan sin transformar con el cuerpo de Cristo.
Confesión (símbolo) y tesis afirmativa / antítesis (condena)Esmalcalda III.6.5, Epítome VII.22
Estado actual: la Iglesia Luterana–Sínodo de Misuri (LCMS) acepta «sin reservas» todos los libros simbólicos, entre ellos los Artículos de Esmalcalda y la Fórmula de Concordia; la ELCA los acepta como «otras interpretaciones válidas de la fe de la Iglesia».
¿Es la Misa un sacrificio?
La Apología distingue: en un sacramento Dios «nos da lo que ofrece la promesa unida a la ceremonia»; en un sacrificio somos nosotros los que damos a Dios «para honrarlo» (XXIV.18). Por eso responde: «hubo en el mundo un único sacrificio propiciatorio, a saber, la muerte de Cristo». La Cena es un sacrificio en otro sentido: de alabanza y acción de gracias, que ofrecen los ya reconciliados, no uno que reconcilie con Dios. Y la Confesión de Augsburgo dice que entre los luteranos la Misa «se conserva y se celebra con la mayor reverencia».
Confesión de Augsburgo: «el símbolo de nuestro tiempo» y confesión (símbolo) y tesis afirmativa / antítesis (condena)Apología XXIV.17–18, Apología XXIV.22, Apología XXIV.19, Apología XXIV.74, Confesión de Augsburgo XXIV.1–2, Epítome VII.23
Estado actual: la Iglesia Luterana–Sínodo de Misuri (LCMS) acepta «sin reservas» todos los libros simbólicos, entre ellos los Artículos de Esmalcalda y la Fórmula de Concordia; la ELCA los acepta como «otras interpretaciones válidas de la fe de la Iglesia».
¿Sigue presente Cristo en la hostia que se guarda o se lleva en procesión?
La Fórmula de Concordia responde con una regla tomada de las palabras de la institución: «si no se guarda la institución de Cristo como él la ordenó, no hay sacramento». El «uso» no es solo la fe ni solo el comer, sino toda la acción que Cristo mandó: consagrar, distribuir, recibir, comer y beber. Fuera de ella, cuando el pan «se encierra, se ofrece en sacrificio o se lleva de un lado a otro», no es sacramento. La misma Fórmula aclara que lo que hace presente a Cristo no es el comer ni la fe del que comulga, sino sus palabras. Y cita la Concordia de Wittenberg (1536): el cuerpo de Cristo no está «encerrado localiter, es decir, espacialmente, en el pan», ni «unido de otro modo con él de manera permanente fuera de la recepción del sacramento»; «fuera de la recepción, cuando el pan se deja aparte y se guarda en el sagrario o se lleva en procesión y se muestra, como sucede en el papado», no sostienen «que el cuerpo de Cristo esté presente». A Cristo mismo, presente en la Cena, se le adora en espíritu y en verdad en el uso del sacramento; a los elementos, no.
Tesis afirmativa / antítesis (condena)Declaración sólida VII.85, Declaración sólida VII.83–84, Declaración sólida VII.126, Declaración sólida VII.14–15
A todos los que comulgan se les dan el pan y el cáliz, porque Cristo mandó acerca de la copa: «Bebed de él todos» (Mateo 26:27). Una sola especie «no es toda la ordenanza e institución» de Cristo, aunque bajo una hubiera tanto como bajo ambas; y si no es lícito anular el testamento de un hombre, dice la Apología, «mucho menos» el de Cristo.
Confesión de Augsburgo: «el símbolo de nuestro tiempo» y confesión (símbolo) y tesis afirmativa / antítesis (condena)Confesión de Augsburgo XXII.1–2, Esmalcalda III.6.2–3, Apología XXII.2
Estado actual: la Iglesia Luterana–Sínodo de Misuri (LCMS) acepta «sin reservas» todos los libros simbólicos, entre ellos los Artículos de Esmalcalda y la Fórmula de Concordia; la ELCA los acepta como «otras interpretaciones válidas de la fe de la Iglesia».
Por qué
Las confesiones luteranas fundan esta enseñanza, ante todo, en las palabras de Cristo en la última Cena, tomadas «como suenan»: «Esto es mi cuerpo». Las leen junto con Pablo: el pan que partimos «es la comunión del cuerpo de Cristo», y quien come indignamente «será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor». Y apoyan su lectura en quién es Cristo: Dios y hombre en una persona, sentado a la diestra de Dios —y «la diestra de Dios está en todas partes»—, que según su naturaleza humana «puede estar, y está, presente donde quiere».
Para las confesiones luteranas, todo descansa en que Cristo no puede mentir. Lo dice el Catecismo Mayor: «Como habla y dice la boca de Cristo, así es, pues él no puede mentir ni engañar».
Los mismos textos los leen de otro modo otras tradiciones: lo verás en Lo que escribieron los primeros cristianos, que es una sección neutral.
La Escritura que usa
Los pasajes que las confesiones luteranas citan sobre la Santa Cena, y cómo los leen.
Para las confesiones luteranas, los tres evangelistas y Pablo repiten «con las mismas palabras y sílabas» «Esto es mi cuerpo», sin ninguna figura (Fórmula de Concordia, Declaración sólida VII.52): por eso se entienden como suenan. «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (Lucas 22:19).
«Bebed de él todos» (Mateo 26:27) es para la Confesión de Augsburgo un mandato: Cristo «mandó claramente acerca de la copa que todos beban» (art. XXII).
La Fórmula de Concordia cita «y bebieron de él todos» (Marcos 14:23) para mostrar que el cuerpo y la sangre se reciben también con la boca.
«El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» (1 Corintios 10:16). Para la Apología, si el cuerpo no estuviera presente, el pan sería comunión «solo del espíritu de Cristo» (X.54). Los Artículos de Esmalcalda leen en el mismo versículo que allí sigue habiendo pan (III.6.5).
Cómo se vive
Para las confesiones luteranas, la Cena se celebra en la misa, que se conserva «con la mayor reverencia» y con casi todas las ceremonias habituales, junto a himnos en la lengua del pueblo (Confesión de Augsburgo XXIV.1–3). En ella se dicen en voz alta las palabras de la institución, y el pan y el vino se consagran, se distribuyen y se reciben, con el pan y con el cáliz para todos (Fórmula de Concordia, Epítome VII.9; Declaración sólida VII.83–84; Confesión de Augsburgo XXII).
Nadie es forzado a comulgar, pero el Catecismo Mayor exhorta a hacerlo a menudo y dice que quien se aparta del sacramento por mucho tiempo no ha de ser tenido por cristiano (Catecismo Mayor V.42). Antes, los que van a comulgar son examinados y absueltos (Confesión de Augsburgo XXV.1); y está bien preparado quien cree las palabras «por vosotros» (Catecismo Menor VI.10).
La misa se conserva
La misa se conserva entre nosotros y se celebra con la mayor reverencia (Confesión de Augsburgo XXIV.1–3).
Una misa común, con comulgantes
No hay misas privadas: «se conserva entre nosotros una misa común cada día de fiesta», y también otros días si alguien quiere el sacramento, «donde se da el sacramento a los que lo piden». La Apología: «entre nosotros se celebran misas todos los domingos y en las demás fiestas» (Confesión de Augsburgo XXIV.13, 34; Apología XXIV.1).
Quién preside
Nadie debe enseñar públicamente en la Iglesia ni administrar los sacramentos sin estar debidamente llamado (Confesión de Augsburgo XIV).
Examen y absolución antes de comulgar
No se suele dar el cuerpo del Señor sino a los que antes han sido examinados y absueltos (Confesión de Augsburgo XXV.1; Confesión de Augsburgo XXIV.6–7; Apología XXIV.49).
Preparación: la fe
Ayunar y prepararse corporalmente es, por cierto, una buena disciplina externa (Catecismo Menor VI.9–10; Catecismo Mayor V.37).
Las palabras de la institución, en voz alta
Deben «decirse o cantarse públicamente ante la asamblea, clara y distintamente, y no omitirse de ningún modo»: por obediencia al mandato «Haced esto», para que la fe de los oyentes sea «despertada, fortalecida y asegurada» por las palabras de Cristo, y para que el pan y el vino sean «santificados o bendecidos» (Epítome VII.9; Declaración sólida VII.79–82).
Toda la acción
El pan y el vino se toman, se bendicen, se distribuyen, se reciben, se comen y se beben en la asamblea, y se anuncia la muerte del Señor; el pan consagrado no se encierra, ni se ofrece en sacrificio, ni se lleva en procesión (Declaración sólida VII.83–84, 87).
Pan y cáliz para todos; sin procesión
A los laicos se les dan ambas especies; y «como la división del sacramento no concuerda con la institución de Cristo, entre nosotros suele omitirse la procesión» (Confesión de Augsburgo XXII.1–2, 12).
Comulgar a menudo, sin obligación
No se debe forzar ni obligar a nadie (Catecismo Mayor V.42; Catecismo Mayor V.39–47).
Los débiles, invitados
El sacramento es para los que sienten su debilidad: «no depende de nuestra dignidad»; a los «insolentes y desenfrenados» hay que decirles «que se queden lejos» (Catecismo Mayor V.58, 61, 70–72; Epítome VII.19; Declaración sólida VII.69–71).
Adorar a Cristo en la Cena
A Cristo, verdadero Dios y hombre, presente en la Cena, se le adora «en espíritu y en verdad en el verdadero uso de ella»; a los elementos, no (Declaración sólida VII.126).
Los niños y la Cena
El padre de familia debe enseñar a sus hijos el catecismo; y «porque, como están bautizados y recibidos en la cristiandad, deben también gozar de esa comunión del sacramento» (Catecismo Mayor V.86–87; Catecismo Mayor V).
Los ritos pueden cambiar
Las ceremonias no mandadas por Dios no son culto por sí mismas; cada congregación puede cambiarlas «del modo más útil y edificante», evitando escándalo y cuidando de los débiles (Epítome X.3–5).