Su historia
Pelagio, un monje laico originario de Britania, enseñó en Roma desde fines del siglo IV como guía espiritual de familias aristocráticas. Le preocupaba la tibieza moral de muchos cristianos y la excusa de que «la naturaleza es débil». Insistía en que Dios no manda lo imposible: si nos ordena ser perfectos, es porque podemos serlo. La gracia, para él, consistía sobre todo en el don de la naturaleza y el libre albedrío, la ley, el perdón bautismal y el ejemplo de Cristo.
Su discípulo Celestio llevó estas ideas más lejos: el pecado de Adán solo le dañó a él, los niños nacen en el mismo estado que Adán antes de la caída y el bautismo de los niños no es para el perdón de pecados. Tras el saqueo de Roma (410), ambos pasaron a África y Palestina. Un sínodo en Cartago condenó a Celestio (411), pero un sínodo en Dióspolis (Palestina, 415) absolvió a Pelagio tras sus explicaciones.
Agustín de Hipona respondió en una larga serie de obras (Sobre la naturaleza y la gracia, Sobre el espíritu y la letra, y más tarde contra Julián de Eclano). Para él, la humanidad entera está herida por el pecado original y la voluntad, sin la gracia interior de Dios que la libera, no puede amar el bien de modo salvífico. El concilio de Cartago de 418 condenó las tesis pelagianas en cánones que luego se recogieron en el código africano (419); el papa Zósimo, tras dudar, las condenó en su Tractoria (418), y el concilio de Éfeso (431) condenó a Celestio. Jerónimo también escribió contra Pelagio.
Como ocurre con otras herejías, conocemos a Pelagio en parte por sus adversarios, aunque se conservan varias obras suyas (como su Comentario a las cartas de Pablo y la Carta a Demetríades). Algunos historiadores sostienen que el «pelagianismo» fue en parte una construcción polémica que agrupó ideas diversas. Desde entonces, la acusación de «pelagianismo» ha sido un recurso frecuente en las disputas sobre la gracia, también entre católicos y protestantes, y cada tradición entiende de forma algo distinta dónde está el límite.