Su historia
Una vez que la divinidad del Hijo ganó terreno, surgió la pregunta por el Espíritu Santo. El Credo de Nicea (325) solo decía «y en el Espíritu Santo». Hacia el 360, en Egipto, unos cristianos a quienes Atanasio llamó «trópicos» sostenían que el Espíritu era un ángel superior o una criatura. En Asia Menor, un grupo encabezado por Eustacio de Sebaste aceptaba al Hijo como semejante o igual al Padre, pero se negaba a llamar Dios al Espíritu. Sus adversarios los llamaron pneumatómacos («los que combaten al Espíritu»).
Más tarde se les asoció con Macedonio, obispo de Constantinopla depuesto en 360, y de ahí el nombre «macedonianos», aunque los historiadores dudan de que Macedonio haya tenido un papel doctrinal real en el movimiento. Lo que conocemos de ellos viene sobre todo de sus críticos.
La respuesta fue uno de los grandes logros teológicos del siglo IV. Atanasio, en sus Cartas a Serapión (c. 359–361), argumentó que el Espíritu santifica y diviniza, algo que una criatura no puede hacer. Basilio de Cesarea, en Sobre el Espíritu Santo (c. 375), defendió la doxología «gloria al Padre con el Hijo junto con el Espíritu Santo», apoyándose en la Escritura y en la práctica litúrgica, aunque evitó llamar «Dios» al Espíritu de forma explícita para no romper con los moderados. Gregorio Nacianceno, en su Quinto discurso teológico (380), lo afirmó sin reservas.
El concilio de Constantinopla (381) condenó a los pneumatómacos (canon 1) y amplió el artículo sobre el Espíritu: «Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Este texto, el Credo niceno-constantinopolitano, es hoy compartido por católicos, ortodoxos, orientales y la mayoría de los protestantes; la posterior añadidura latina del Filioque («y del Hijo») se volvió a su vez un punto de división entre Oriente y Occidente.