Su historia
Nestorio, monje de Antioquía, fue nombrado patriarca de Constantinopla en 428. Formado en la tradición antioquena, muy atenta a la plena humanidad de Cristo, objetó que se llamara a María Theotokos («la que dio a luz a Dios»), porque le parecía que el término confundía las naturalezas o hacía de Dios alguien nacido en el tiempo; propuso Christotokos («madre de Cristo»). Su enseñanza hablaba de una «conjunción» (synapheia) del Verbo con el hombre asumido en un solo prosōpon.
Cirilo de Alejandría vio en ello una división de Cristo en dos hijos y defendió la «unión hipostática»: el mismo Verbo eterno es el sujeto que nace, sufre y muere en su carne. El papa Celestino apoyó a Cirilo, y el concilio de Éfeso (431), convocado por Teodosio II y presidido por Cirilo, depuso a Nestorio antes de que llegaran los obispos antioquenos encabezados por Juan de Antioquía, que celebraron su propio sínodo. La división se resolvió con la Fórmula de Unión (433). Nestorio murió en el exilio en Egipto hacia el 451. Más tarde, el II concilio de Constantinopla (553) condenó los «Tres Capítulos» (Teodoro de Mopsuestia y ciertos escritos de Teodoreto e Ibas).
Desde fines del siglo XIX, el descubrimiento de una obra de Nestorio conservada en siríaco, el Libro de Heráclides, llevó a muchos especialistas a preguntarse si Nestorio sostenía realmente la doctrina de «dos hijos» que se le atribuyó, o si fue en parte víctima de malentendidos terminológicos y de la rivalidad entre las sedes de Alejandría y Constantinopla. Otros historiadores consideran que, aun así, su cristología no lograba expresar una unidad real. El debate sigue abierto.
La Iglesia del Oriente (en Persia, fuera del Imperio romano) venera a Nestorio y a Teodoro como maestros, pero rechaza el nombre de «nestoriana», que considera un apelativo ajeno y engañoso, y no se reconoce en la doctrina condenada en Éfeso. En 1994, el papa Juan Pablo II y el patriarca Mar Dinkha IV de la Iglesia Asiria del Oriente firmaron una Declaración cristológica común en la que ambas partes reconocieron profesar la misma fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, aunque con fórmulas distintas.