Su historia
Eutiques, anciano archimandrita de un monasterio de Constantinopla y fervoroso opositor de Nestorio, sostuvo que Cristo era «de dos naturalezas antes de la unión, pero de una sola después», y se negó a decir que el cuerpo de Cristo fuera consustancial con el nuestro. Un sínodo presidido por el patriarca Flaviano lo condenó en 448. En 449, un sínodo reunido en Éfeso bajo Dióscoro de Alejandría lo rehabilitó y depuso a Flaviano; el papa León, cuya carta (el Tomo a Flaviano) no fue leída allí, lo llamó latrocinium, el «latrocinio de Éfeso».
El concilio de Calcedonia (451) depuso a Dióscoro y, recibiendo el Tomo de León y las cartas de Cirilo, definió que Cristo es uno y el mismo, «reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación», que concurren en una sola persona e hipóstasis. Para muchos en Egipto y Siria, sin embargo, la fórmula «en dos naturalezas» parecía una concesión a Nestorio y un abandono de la fórmula de Cirilo «una sola naturaleza encarnada del Verbo».
De ahí nació la gran división que perdura hasta hoy (véase la página de la división de Calcedonia). Las iglesias que no aceptaron Calcedonia —copta, siríaca, armenia, etíope, eritrea y malankara— son hoy conocidas como ortodoxas orientales. Rechazan el nombre de «monofisitas», que asocian con Eutiques, a quien también condenan, y se describen como miafisitas: confiesan en Cristo una sola naturaleza (mia physis) unida a partir de la divinidad y la humanidad, sin mezcla, confusión ni alteración, siguiendo a Cirilo, Dióscoro y Severo de Antioquía. Los intentos imperiales de reconciliación (el Henotikon de 482, el II concilio de Constantinopla en 553) no lograron restablecer la comunión.
En el siglo XX el diálogo produjo acuerdos cristológicos importantes: la declaración común del papa Pablo VI y el papa copto Shenouda III (1973); la del papa Juan Pablo II y el patriarca siro-ortodoxo Ignacio Zakka I (1984); y, con la Iglesia ortodoxa, las declaraciones acordadas de Anba Bishoy (1989) y Chambésy (1990), que afirman que ambas familias han mantenido la misma fe cristológica con terminologías distintas. Estas declaraciones no han restablecido la comunión plena, y en ambos lados hay quienes las cuestionan; la pregunta sobre si la división de 451 fue sobre todo terminológica sigue abierta.