Su historia
A comienzos del siglo VII, el Imperio bizantino, amenazado por persas y luego por árabes, necesitaba unidad interna, y la división entre calcedonianos y miafisitas debilitaba las provincias orientales. El patriarca Sergio de Constantinopla, con el emperador Heraclio, propuso una fórmula de compromiso: aceptar las dos naturalezas de Calcedonia, pero afirmar en Cristo una sola energía u operación. En 633, el patriarca Ciro de Alejandría logró sobre esta base una unión con miafisitas egipcios.
El monje Sofronio, luego patriarca de Jerusalén, protestó. Para evitar el debate, Sergio prohibió hablar de una o dos energías y, con la Ectesis (638) de Heraclio, pasó a afirmar una sola voluntad en Cristo. El papa Honorio I, consultado por Sergio, había escrito en términos que parecían aceptar «una sola voluntad», lo que tuvo consecuencias más tarde. En 648, el emperador Constante II publicó el Typos, que prohibía toda discusión del tema.
Máximo el Confesor fue el principal teólogo de la oposición. Argumentó que la voluntad pertenece a la naturaleza: si Cristo es plenamente humano, tiene una voluntad humana real, que en Getsemaní («no se haga mi voluntad, sino la tuya») se somete libremente a la voluntad divina; lo que no ha sido asumido no ha sido sanado. El sínodo de Letrán (649), bajo el papa Martín I y con participación de Máximo, condenó el monotelismo. Martín fue arrestado y murió en el exilio (655); a Máximo le cortaron la lengua y la mano derecha y murió en el exilio en 662.
El III concilio de Constantinopla (680–681), sexto ecuménico, definió en Cristo dos voluntades y dos operaciones naturales, sin oposición, la humana sometida a la divina, y anatematizó a Sergio, Ciro y también al papa Honorio. Esta condena de un papa ha sido discutida a lo largo de los siglos, sobre todo en relación con la infalibilidad papal en el Vaticano I. El monotelismo resurgió brevemente bajo Filípico (711–713) y luego desapareció.