Saltar al contenido

Iconoclasia

Período
ss. VIII–IX (726/730–787; 815–843)
Fundador
Emperadores León III y Constantino V; en la segunda fase, León V

Ver en la línea de tiempo

Qué sostenía

Sostenía que la veneración de imágenes (iconos) de Cristo y de los santos es idolatría, y que Cristo no puede ser representado sin dividir o confundir sus naturalezas.

Cómo se respondió

Juan Damasceno (Discursos en defensa de las imágenes, c. 726–730) y Teodoro Estudita respondieron; el II concilio de Nicea (787) distinguió entre veneración (proskynēsis) y adoración (latreia); la restauración definitiva en 843 se celebra como «Triunfo de la Ortodoxia».

Su historia

La iconoclasia («destrucción de imágenes») fue una política imperial bizantina contra el culto a los iconos. Según el relato tradicional, el emperador León III actuó entre 726 y 730 (con la retirada de una imagen de Cristo de la puerta Chalké del palacio y la destitución del patriarca Germano en 730). Los historiadores actuales (por ejemplo, Brubaker y Haldon) advierten que casi todas las fuentes son posteriores y fueron escritas por los vencedores, partidarios de los iconos, por lo que el alcance de las primeras medidas es incierto.

Los iconoclastas apelaban a la prohibición de imágenes del Decálogo y a algunos escritores antiguos. Bajo Constantino V, el sínodo de Hieria (754), con más de 330 obispos, dio a la postura una base cristológica: una imagen de Cristo o bien representa solo su humanidad, separándola de la divinidad (nestorianismo), o pretende representar la divinidad, que es irrepresentable, y la confunde con la carne (monofisismo); la única imagen verdadera de Cristo sería la Eucaristía. Se discute la posible influencia del islam y del judaísmo, así como el peso de motivos políticos y militares.

Juan Damasceno, monje en Palestina bajo dominio musulmán y por tanto fuera del alcance imperial, escribió tres discursos en defensa de las imágenes: Dios invisible se hizo visible en la encarnación, y por eso puede ser representado; la honra tributada a la imagen pasa a su modelo (fórmula de Basilio). El II concilio de Nicea (787), convocado por la emperatriz Irene, restableció los iconos y distinguió la veneración (proskynēsis), debida a las imágenes, de la adoración (latreia), debida solo a Dios. En Occidente, una traducción defectuosa de sus actas provocó la reacción de los Libri Carolini y del sínodo de Fráncfort (794), que rechazaron lo que entendían como «adoración» de imágenes.

La iconoclasia volvió con León V en 815 y duró hasta 843, cuando la emperatriz Teodora restauró las imágenes; la Iglesia ortodoxa conmemora ese hecho cada primer domingo de Cuaresma como «Triunfo de la Ortodoxia». Teodoro Estudita y el patriarca Nicéforo fueron los principales defensores en esta segunda fase. Las tradiciones posteriores difieren en la valoración: católicos y ortodoxos aceptan Nicea II como ecuménico; las tradiciones protestantes no lo consideran vinculante y varían en su uso de imágenes, desde el luteranismo, que las conserva, hasta corrientes reformadas que las retiran del culto.

Quiénes respondieron