Su historia
El montanismo, que sus seguidores llamaban «la Nueva Profecía», nació en Frigia (Asia Menor). La fecha es discutida: Eusebio sugiere c. 172 y Epifanio c. 156–157; los especialistas proponen fechas entre c. 135 y 177. Montano y dos profetisas, Priscila (o Prisca) y Maximila, hablaban en éxtasis en primera persona en nombre del Espíritu, y señalaron los pueblos de Pepuza y Timión como el lugar donde descendería la Nueva Jerusalén.
En su doctrina sobre Dios no se apartaban de la fe común; lo nuevo era la afirmación de que el Paráclito prometido en Juan 14–16 hablaba ahora por sus profetas con una autoridad que completaba la disciplina de la Iglesia: ayunos más estrictos, rechazo de las segundas nupcias, aceptación del martirio sin huir y una disciplina penitencial más severa. La prominencia de mujeres profetas también llamó la atención.
Los obispos de Asia Menor reunieron sínodos locales —entre los primeros de los que hay noticia— y declararon que la forma extática de profetizar no era la de los profetas bíblicos; el obispo de Roma acabó por desaprobar el movimiento. Lo conocemos sobre todo por fuentes hostiles conservadas por Eusebio (Historia eclesiástica V.16–19) y por Epifanio, aunque Tertuliano, que se adhirió a la Nueva Profecía hacia el 207, ofrece una mirada desde dentro.
El montanismo persistió en Frigia hasta el siglo VI, cuando fue reprimido por leyes imperiales bajo Justiniano. Su historia planteó preguntas duraderas: cómo se relacionan la profecía y el ministerio ordenado, si la revelación pública quedó cerrada con los apóstoles y cómo discernir los carismas. Por eso se lo menciona con frecuencia en debates modernos sobre los movimientos carismáticos, aunque las comparaciones directas suelen ser discutidas.