Su historia
El modalismo, también llamado «monarquianismo modalista» o «sabelianismo», surgió hacia fines del siglo II con el deseo de proteger la unicidad de Dios sin rebajar la divinidad de Cristo. Su solución fue identificar al Padre y al Hijo: el único Dios se manifiesta como Padre en la creación y la Ley, como Hijo en la encarnación y como Espíritu en la santificación. Sus críticos lo llamaron «patripasianismo», porque implicaba que el Padre mismo había sufrido en la cruz.
Noeto de Esmirna enseñó esta doctrina hacia el 200 y fue rechazado por los presbíteros de su ciudad; sus ideas llegaron a Roma, donde las difundieron Epígono, Cleómenes y Sabelio. Práxeas, conocido solo por la réplica de Tertuliano, la llevó a Roma y al norte de África; Tertuliano escribió que Práxeas «expulsó la profecía e introdujo la herejía; puso en fuga al Paráclito y crucificó al Padre». El papa Calixto excomulgó a Sabelio hacia el 220, aunque Hipólito acusó al propio Calixto de simpatizar con el modalismo.
La respuesta de estos autores ayudó a forjar el vocabulario trinitario: Tertuliano introdujo en latín términos como trinitas y persona (una sustancia, tres personas). En Oriente, el temor al modalismo explica que muchos obispos desconfiaran del término homoousios en el siglo IV, ya que podía leerse como identidad pura entre Padre e Hijo. Los Padres capadocios precisaron la distinción entre ousía (lo común) e hypóstasis (lo propio de cada persona), y el concilio de Constantinopla (381) consagró esa fe. Marcelo de Ancira, acusado de un modalismo nuevo, motivó la frase del Credo «y su reino no tendrá fin».
Lo que sabemos de Noeto, Práxeas y Sabelio procede casi por completo de sus adversarios, que no siempre distinguen entre ellos. En la actualidad, la teología de la «Unicidad» de ciertas iglesias pentecostales se compara a menudo con el modalismo; sus defensores suelen matizar o rechazar esa identificación.